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Manual para aprender a comer pollas

Chupar una polla a un hombre es uno de los más puros placeres en la vida. Es
triste pensar que muchas mujeres no aprecian lo divertido que puede ser. La
razón es que no saben cómo hacerlo correctamente y así no acaba por ser
divertido. Porque si lo hechas a perder, no conseguirás tu premio. La polla
no se endurecerá, el hombre no pasa un buen rato y la mujer siente el fallo.
Pero aquí vienen las buenas noticias: es fácil aprender a ser una fabulosa
chupadora de pollas. Y voy a decirte exactamente cómo.

No tiene importancia el lugar que escojas, puede ser en casa en la cama o
aparcada en el Bulevar del Ocaso, pero busca todo el nivel de intimidad que
necesites para sentirte relajada y cachonda. Para el propósito de este
libro, digamos que estás en un sofá. Estás con un hombre que le gusta y
sabes que a él le apetecería una buena mamada en este momento.

Deslízate en el suelo entre sus piernas y abre su bragueta. Busca y palpa su
polla. Si está caliente para ti, ya estará dura. Si es nervioso, puede estar
aún doblada en sus calzoncillos. Mantén agarrada su polla y sube a su cara y
bésale. Observa si puedes sentir una respuesta abajo. Cualquier movimiento
es una buen signo.

Ahora sácale la polla y mira cómo está. Si está tiesa, lo estás haciendo
bien, en otro caso, aquí está el que hacer: Sácale las pelotas. Si los
pantalones están muy tirantes, bájalos. Ahora sujeta sus pelotas en la mano
izquierda y la polla en la derecha. Apriétala poco a poco hacia abajo en
dirección a la base del mango y dispónte a chupar.

Recorre tu lengua sobre tus labios para tenerlos listos y húmedos y mira la
cara de tu hombre. El quiere mirar como le chupas. A los hombres les gusta
mirar. Ahora abre tu boca ligeramente para atormentar y excitar a tu hombre
y acércate junto a su polla. Respira en él, sóplale con tu aliento caliente.
Saca tu lengua de nuevo y tócale, atorméntalo.

Asegurándote que tu lengua está goteante de humedad, comienza en la base de
su mango y lame hacia arriba, lentamente. Gira tu cabeza de lado y simula
morderle, suavemente colocando tus dientes en su carne.

Humedécelo de nuevo con tu lengua y usa tu mano para esparcir el líquido
alrededor si es necesario. Una polla húmeda se ve i suena más cachonda que
una seca.

Tu izquierda entretanto está tocando sus pelotas, quizás arañándolas
ligeramente con tus uñas. Puedes también querer buscar debajo y detrás de
las pelotas para encontrar ese área tan sensitiva justo antes del ano, o
incluso pasar tus dedos sobre su agujero muy levemente. Ya que el músculo
que causa la erección comienza ahí atrás, esto producirá una reacción en su
polla.

Después que hayas lamido su mango un montón de veces y está todo húmedo y
duro, tu hombre comenzará a retorcerse con frustración si no comienzas a
tomarlo en serio. Una rápida mirada a su cara te hará saber cuando estás
llevando las cosas demasiado lejos. Atormentar es bueno… hasta un punto. Un
poco de experiencia chupando pollas te enseñará cuando se ha alcanzado este
punto. En uno de tus balanceos hacia arriba con su lengua, desde la base de
su mástil al borde de su capullo, no te detengas.

Continúa tu larga, húmeda lamida sobre la punta de su polla, insistiendo en
el agujero del centro. Mantén tu lengua en él, si puedes, pero no chupes su
cabeza aún.

Ahora recorre con tu lengua el borde de su capullo, por todo el contorno,
haciendo frecuentes pases por la piel tierna encarada hacia ti. Aquí es
donde la mayoría de los hombres son más sensibles. íPero no todos los
hombres! Hay una cosa que una buena chupadora de pollas tiene que aprender a
hacer, tan pronto como estés cómoda, que es: Hacer preguntas. Cada hombre es
único, y también su polla.

Estruja el mango y mira si brota un líquido claro. Si lo hace, baña tu
lengua en él y espárcelo. Se extenderá contigo y parecerá fantásticamente
erótico a tu compañero. Ahora, muestra como te gusta la sustancia.

Acércate a la cabeza de la polla como si fuese un helado de crema de
chocolate y mete todo el capullo en tu boca caliente. Manténlo allí.

Escúchale gemir. Ahora baja rápidamente y mete tanta polla como pueda caber
dentro de tu boca. No temas, no te ahogarás. Si doblas tu cuello de la
manera correcta, puedes meterla limpiamente en tu garganta.

Permanece así, con la polla dentro de tu boca, durante un momento. Siéntela
dentro tuyo. Esto puede ser al menos tan exquisito como tenerla en tu
conejito. Crece en ti. En este momento puedes hacer varias cosas. Esta es
una de ellas:

Deslízala hacia atrás hasta el extremo de la polla y chasquea tu lengua
contra ella. Tu hombre tendrá un hormigueo ahora, queriendo profundizar más
en tu garganta. Pero no le dejes imponerse. Si lo hiciera, se iría en dos
minutos y esto es divertido?

Moviéndote tan rápido como el pueda aguantar (no le dejes correrse aún),
deslízate arriba y abajo por su polla como si estuvieras follándolo. Si está
muy cerca de correrse, para, o al menos frena. Si no puedes introducirla
hasta el final, puedes engañarlo un poco usando tu mano derecha para
completar la sensación de tragártela a fondo. Parecerá como si la hubieses
metido por completo en tu boca y hasta lo sentirá igual. Puede también
deslizar tus dedos, moviéndolos en forma de O alrededor de su mango, arriba
y abajo con el ritmo de su chupada.

Esta es otra cosa. Además de sólo meter la polla en la boca, puedes mamarla
que es bastante diferente. Hay mamadas profundas y pequeñas y ambas sientan
condenadamente bien. Tu hombre puede tener una preferencia, no obstante, así
que observa sus reacciones.

Tomando tan sólo el capullo en tu boca, mámalo como si fuera un pezón o un
pajita. Esto le sienta tan bien al hombre, que me pone el conejo caliente
tan sólo pensar en ello. La otra mamada es larga, profunda, en la que tomas
la polla completa y la mamas todo el tiempo hacia arriba como si fueras un
aspirador y después abajo y lo haces de nuevo, mamando hacia abajo también.

Aquí hay una cosa importante que saber: Cualquiera de estos movimientos
sentirán bien las primeras pocas veces o más, pero tras un rato, es como si
la polla se vuelve inmune al sentimiento. Cuando notes esto, es el momento
de cambiar al siguiente juego. No querrás que la polla se vaya a dormir. La
quieres constantemente estimulada, casi, pero sin llegar, al punto del
orgasmo.

Que es justamente donde estamos ahora. Tienes una furiosa erección en tu
mano derecha y unas pelotas algo tensas en tu izquierda. Echate atrás y
obsérvalo, no es bello? Lleva tu mano derecha a la base de la polla y
aprieta allí. Esto provocará que el mango se llene y espese, y ahora el
capullo estará brillante y suave. Continúa manteniendo la polla en tu boca y
chupa y prueba todos tus movimientos variados hasta que sepas que el hombre
no puede soportar más y va a dispararse.

Lo que hagas ahora es entre tú y tu amante. Personalmente, yo prefiero
observar el disparo. Me proporciona imágenes para mis sueños húmedos y
además, es emocionante ver la leche a borbotones. Es asombroso cuanta cosa
sale y lo lejos que llega el disparo. Si quieres mirar, lo sentirás venir
con su mano derecha y sabrás cuando apartarte. Puede incluso intentar coger
algo con tu lengua si eres rápida. Puedes querer tragarlo, algunas muchachas
lo hacen, y a montones de chicos les gusta que se lo traguen. Ten cuidado de
retroceder un poco cuando estalle o si no te atragantarás y esto no es muy
romántico. Cógelo en tu boca, manténlo allí y después lo tragas.

Otra solución, y esta también es bonita, salvo que estés haciendo el amor
donde no puedas ensuciar, es dejar los tibios, maravillosos jugos derramarse
en tu boca y entonces deslizarlos alrededor de la ya húmeda polla. La hace
tan escurridiza y deliciosa de tocar! Querrás recorrerla con tus manos,
sintiendo la polla dura hacia arriba, esparciendo la reluciente leche sobre
el capullo. Esto también crea una estupenda imagen sensual, para ti y para
tu hombre.

Ahora le has hecho a tu hombre una mamada que no olvidará. Créeme, si sigues
mis instrucciones, este tipo querrá saber más sobre ti. He oído a los
hombres que una mujer entre cincuenta sabe como hacer una buena chupada. El
resto actúa como si fuera un gran favor. Lo que es otro punto que debo
remarcar. Si no te gusta chupar y has intentado aprender a que te guste y
todavía no funciona, no te rindas. Quizás te guste con el tiempo. Los
hombres dicen que las mujeres mayores son mejores chupadoras.

Pero debo advertirte, hay un montón por ahí a las que nos gusta chupar y
vamos a ser una dura competencia para las que sois tímidas. Conozco mujeres
que incluso tienen orgasmos chupando pollas.

Una nota final, esta vez para los hombres: No empujes. No hay nada más
mortal que tener un hombre empujando tu cabeza ahí abajo. Espera. Si ella
estuviera dispuesta, se pondrá en ello, quizá no hasta la segunda vez que
hagáis el amor. Y si le das tiempo, aprenderá a gustarle. Si a ella no le
gusta, quizás si le guste a tu siguiente amante amigo


como hacerle,la primera ves q intente hacerle sexo oral a mi pareja no
egusto, senti un sabor desagradable, nose si sea solo pormi parte o le tengo
miedo..pero si me gustaria aprender hacerlo. y hacerlo pero muy
bien...gracias









Hola soy Carolina, nuevamente les voy a contar mi primera experiencia en un trío que realice con mi esposo y otro hombre llamado Rafa. Era una noche de viernes que aviamos planeado con mi esposo que me iba a tirar a un muchacho de 21 años, yo tenía que encontrarme con el muchacho para ir a follar en mi casa, así que me encontré con él muchacho y nos fuimos a mi casa.

Cuando llegamos, el muchacho me dijo que nunca había estado con una mujer que era virgen así que no sabia como tenia que hacerlo, así que empecé yo, le baje los pantalones y se la empecé a chupar asta que termino en menos de un minuto luego nos sacamos la ropa y nos echamos en la cama y empecé a frotarle la verga de nuevo y se le paro enseguida, luego le dije que me acariciara que me agarre es sapito así que me puse en cuatro por que así es como me gusta que me la den y el empezó a metérmela y no duro nada y termino así que me enoje y decidí que ya era suficiente pero definitivamente no podía hacer nada, así que mejor quedamos en que se fuera que le llamaría otro día, mi esposo estaba en la habitación del lado pero no pudo ver mucho ya que no hicimos demasiado.

Cuando se fue el muchacho mi esposo entro al cuarto y le baje los pantalones para chupársela un momento y que me la meta un buen rato luego hablamos y me dijo si quería salir y le dije que ya que estaba algo molesta por que no había disfrutado nada, entonces me dijo o quieres llamar a alguien para hacer un trío o un cuarteto, le dije que un cuarteto, entonces llamamos a un número que teníamos y hablamos con Rafa, le dijimos que queríamos salir en parejas pero nos dijo que su esposa no estaba había salido con unas amigas, y le preguntamos si quería salir con nosotros y nos dijo que no había problema en salir los tres así que quedamos en vernos.

Salimos con mi esposo, cuando llegamos esperamos un momento y llego Rafa fuimos caminando un poco conversando y luego tomamos un taxi para ir nuestra casa, llegamos y empezamos a conversar tomando unos tragos, así estuvimos varios minutos u horas diría yo ya que hablábamos y hablábamos con Rafa.

Luego llego el momento y los tres nos mirábamos por que nadie se animaba a empezar así que me recosté en la cama al medio entre Rafa y Arturo mi esposo me baje el top que tenia puesto y deje mis tetas al descubierto, entonces comencé a besarme con Arturo y Rafa comenzó a acariciarme las tetas fue bajando lentamente y Arturo de igual manera comenzó a acariciarme, sentía las manos de los dos recorriendo mi cuerpo.

Yo también empecé a sentirme excitada y comencé a acariciarles y buscar sus vergas para poder agarrarlas, al acariciarlas note que las dos estaban muy bien paradas y duras, luego me comenzaron a chupar las tetas los dos al mismo tiempo y yo les desabroche su pantalón y se las empecé a frotar, la de Arturo es más grande que la de Rafa, hasta el momento solo he encontrado una verga más grande que la de mi esposo, pero la de Rafa era mas gruesa.

Luego Rafa comenzó a bajar y a sacarme mi pantalón acariciándome lentamente, Arturo seguía acariciando mi cuello y comiéndose mis tetas, luego los puse a los dos frente a mi y se las empecé a mamar las dos riquísimas vergas primero una y luego otra intentaba metérmelas las dos al mismo tiempo pero apenas podía meterme solamente la punta de esas vergas y así se las chupe como una puta asta que Rafa empezó a bajar lentamente y lamerme mi vagina y yo comencé a chuparle la verga a Arturo, sé sentía riquísimo tener a dos hombres uno lamiéndome la vagina y otro haciéndole el sexo oral que por cierto es mi especialidad, me encanta chupárselas asta el momento se las he chupado a todos con los que estado pero la de Rafa era algo especial por que era muy gruesa y era mas excitante a tal punto que me la metía casi toda asta chocar con los huevos.

Así seguía chupando la verga de Arturo con mucho gusto estaba muy excitada y no veía el momento en que ellos comiencen a meter sus vergas dentro mió, Rafa se puso encima de mi y empezó a abrirme las piernas para poder penetrarme con esa tremenda vergota y me la metió de una.

Comenzó con el mete y saca, mientras que yo estaba chupándole la verga a Arturo, sentía las dos vergas dentro mió, Rafa me la metía por la vagina y Arturo por la boca era estupendo sentir que me estaban utilizando dos hombres para lo que ellos quisiesen, en ese momento me sentí una perra y me gustaba era la mas puta de las putas. Seguimos así por un momento y luego cambiaron de lugar y tenía la paloma de Arturo en mi sapo y la de Rafa en mi boca, era delicioso sentir dos vergas penetrándome en el mismo momento.

Luego me pare y me puse en posición de perra para que Rafa me la metiera por detrás y se la estaba chupando a Arturo de frente, Rafa me la metía fuerte de momento a momento como a mi me gusta y, me hacia gemir muchísimo de dolor y placer a mi me encanta que me la metan fuerte para que pueda gemir de placer, además que no podía gritar ya que tenia la verga de Arturo en mi boca y no podía gritar de placer. Luego Arturo se paro y yo me recosté de espalda para que me penetrara de frente Rafa, Arturo saca la filmadora y se puso a filmar como fallábamos con Rafa o como yo era penetrada por otra persona, Arturo estaba con su palomo a punto de explotar, súper parada y dura por el espectáculo que le estaba dando su putita. Luego la coloco en un lugar para que filmara toda la cama y yo le pedí que viniera para que pueda comérsela nuevamente, estuvimos así por un momento y Arturo salio al baño.

Me quede con Rafa, el me decía que si me gustaba su verga y yo le respondía que me encantaba luego me pregunto como quería esa puta que se la metan y le puta le respondía que con mucha fuerza, y empezaba a darme como yo le pedía me puso los pies en sus hombros y me la empezó a meter con mucha fuerza y yo me excite muchísimo y le pedía que me la meta toda, estaba muy excitada entonces moje mis dedos y empecé a masturbarme, estaba súper caliente, Rafa me la metía y sacaba rápido y fuerte, me encantaba hasta que termine ya que estaba súper excitada.

Entonces llego Arturo y a pesar que fue al baño tenia la paloma bien parada yo empecé a chupársela como antes, luego cambiaron de posición y Arturo empezó a darme por el sapo y rafa por la boca, asta que Arturo me empezó a masajear el ano, fue metiendo de apoco sus dedos asta que me pidió que le entregara el culo y como estaba caliente no le pude negar así que me la metió y yo se la seguí chupando a Rafa asta que entro por completo y yo gemía por que me gusto no me lastimo casi nada asta que me dijo que me monte sobre Rafa dándole la cola a el y una vez que me monte sobre Rafa me senté sobre su verga y mi esposo me la metió por el culo así sentí las dos vergas dentro mió nunca antes sentí tanta excitación en mi vida en ese momento nos movimos los tres, luego nos paramos y cambiamos de posición Arturo me la metió por la vagina y Rafa me empezó a bombear el culo era delicioso sentir esas dos vergas dentro mió luego nos paramos y Rafa me la metió por el culo así parada y le dijo a Arturo que me la metía por delante y así parados los tres me volvieron a penetrar los dos huecos luego mi esposo volvió a agarrar la filmadora y Rafa me agacho contra la cama y empezó a darme denuevo por el culo.

Luego cambiaron de posición Rafa y mi esposo y así que Arturo me puso en cuatro y me dio por el culo, le pedí a Rafa que deje la filmadora y se la empecé a chupar de nuevo luego les pedí que quería que los dos terminaran en mi boca que quería comerme todo ese rico semen que iban a eyacular por esas preciosas vergas quería comerme todo no quería dejar caer ni una gota, y los dos me decían que era una puta ,que era una zorra que le gustaba que se la cojan y yo le respondía que si que me gusta que me tiren, y terminaron y eyacularon en mi boca y se las chupe asta que ya no salía nada. Luego fui al baño y cuando volví ya no podía sentir que entre nuevamente otra verga en la vagina por que ya avía sido suficiente, total estábamos como tres horas divirtiéndonos, entonces nos pusimos a conversar asta que Rafa dijo que debía irse así que se vistió, y quedamos en salir nuevamente en otra ocasión pero ya con su esposa.

Cuando Rafa se fue nos quedamos con mi esposo nos metimos a la cama y estábamos muy contentos los dos por habernos atrevido a hacer un trío ya que era la primera vez que lo hacíamos, y sobretodo estaba muy contento mi esposo por haberme visto ser penetrada por otro hombre sin tener que ver de escondidas.

Cuando estábamos hablando de todo lo que había pasado le pedí que si la próxima vez podían ser tres hombres por que me gusto eso de que me den por la cola y la vagina pero sentí que me así falta una verga mas por la boca así que mi esposo me respondió que no había ningún problema que seria como yo quiera.

No se si es raro pero a mi esposo le encanta ver que me cojan y ese día lo disfruto el doble porque aparte de ver lo pudo filmar, y a mi también me gusta que vea lo que me cojeen otros hombres, me excita mucho saber que mi esposo me esta cuidando mientras yo me divierto un poco.


Una amistad excitante (II)
Enviado el 09-12-2004 por annkaxia Versión Imprimible Enviar a un Amigo


Luego de esa noche, nuestra relación cambia radicalmente, el solo hecho de pensar en él, hacia estremecerme. Cuando nos veíamos, la tensión entre nosotros era increíble. Pasamos una semana sin acercarnos más de unos metros, viéndonos con los amigos o juntándonos en algún lugar público, siempre con gente alrededor. Toda la semana estuve provocándolo, me encantaba y lo mejor es que se quedaba con las ganas y eso me excitaba. El martes yo estaba hablando con un chico que conocía hacia un tiempo. Este era sexy pero nada comparado con él. Hablábamos de cosas sin relevancia cuando lo vi pasar, él estaba del otro lado del aparador, mirando hacia dentro, con el rostro fijo, como con celos.

Al notarlo, intente provocarlo acercándome más a este chico, hablándole al oído, mientras a él, lo miraba fijo. Me miraba desafiante, yo me acerqué aun más a este chico y coloque mis pechos muy cerca de su brazo rozándolo. A su vez este, pensaba que me le estaba tirando, eso ayudo más a la situación. Mientras más me acercaba, mas provocativamente lo miraba. Él sin poderlo resistir mas entro a la tienda. Justo en ese instante, su amigo lo empuja hacia fuera diciéndole que siguieran su camino sino llegarían tarde a clase. Se fue y de golpe mi interés en este nuevo muchacho desapareció, me aleje, lo salude y seguí con mis cosas, pobre lo debo de haber desconcertado bastante. Viendo como se ponía por semejante estupidez, el jueves me propuse provocarlo aun más. Estábamos en una reunión con amigos. Él muy sexy, tenia puesto ese vaquero que tanto me excita y una remera con cuellito; traía alpargatas porque hacia calor. Yo, en cambio, me había vestido provocativamente, me propuse incomodarlo a distancia.

Traía puesto unos pantalones bajos bien ajustados, una remera con un pronunciado escote, que resaltaba mis senos de manera llamativa, y mi amado saco largo. Cuando llegue salude como es normal, pero a él lo salude como si nada muy rápidamente, apenas. Quedo de nuevo desconcertado. Había comenzado a gustarme esa expresión en su rostro. Me senté en la mesa justo delante de él, durante un rato largo no lo mire, ni siquiera de reojo; pero sabia que él si me miraba, sentía sus ojos sobre mí. En determinado momento, se puso a discutir con otro chico de manera muy acalorada. Dejándome así, fuera de su foco de atención, fue ahí cuando di el primer paso. Me quite el zapato y por debajo de la mesa comencé a tocarle la pierna, él dándose cuenta de lo que yo hacía, intentaba disimular y seguir el hilo de la discusión. Yo seguí subiendo hasta su entre pierna, mientras lo miraba fijo. Comencé con movimientos delicados y circulares en esta cosa que sin duda lo altero porque perdió completamente el hilo de la conversación.

De repente se armo discusión entre los demás chicos que había en la reunión, pero él se había callado y aproveche para el siguiente paso. Puse mi brazo izquierdo como tapándome y mi dedo índice delicadamente en mi boca, mientras seguí jugando con mi pie en su entre pierna. Nadie notaba lo que estaba haciendo, a excepción de él. Aumente la fuerza y la cantidad de movimiento con el pie. Mientras con mi mano derecha disimuladamente recorría con los dedos el escote de mi remera, estirándolo hasta ver la hendidura entre mis senos. Esto realmente lo estaba excitando y lo alteraba por que no sabía como disimularlo y a mí me encantaba. En eso dirigieron la conversación a mí, yo me incorpore enseguida:

- ¿Qué?, ¿De que hablan?- pregunte.

- ¿En que planeta estas? Te hablábamos de...

Disculpen - interrumpí - voy al baño porque me siento mal - dije para salir del paso.

- ¿Que le pasa?- le preguntaron a él, - ni idea - oí que contestaba mientras yo cerraba la puerta.

Entre al baño muerta de risa por lo que había pasado, me quede sentada en el inodoro para tranquilizarme. Minutos mas tarde, golpean la puerta:

- ¿Estas bien? - era él.

- ¿Estas solo? - pregunte en vos baja.

- Si, ¡ábreme! - contesto.

Le abrí lentamente y él de un sopetón se metió para adentro trancando.

- ¿Que haces? - pregunte - ¡se van a dar cuenta!.

- No creo, pero el peligro me excita - dijo empujándome contra la pared.

Comenzó a besarme apasionadamente, se notaba que lo de recién había surtido su efecto yo obviamente me deje llevar por las circunstancias. Sus manos estaban en mi cabeza agarrandome, para que no me escapara; las mías comenzaron al tocar su espalda. Iba directamente hacia ese culito que tanto me gustaba tocar, cuando de repente él, las toma con fuerza y las apretó contra la pared, sobre mi cabeza, mientras seguía besándome. La sensación era muy excitante, sus besos me volvían loca, pero que me aprisionara y encima en un lugar que se podían dar cuenta, era excitante. La temperatura me subía y la tensión también, con mi rodilla comencé a rozar su pené, volvía a estar hinchado quería liberarme, pero él hacia cada vez mas fuerza. Luego dejo de besar mi boca y siguió así por mi cuello, del lado de afuera del baño se escuchaban voces, voces conocidas. Eran ellos, y estaba a distancia de una puerta. Pero el continuo, bajo por mi escote buscando mis pechos besándome con intensidad.

Mi temperatura era cada vez más alta, cuanto más besaba mí busto, más firme se ponía y más nerviosa me ponía yo, tal vez los otros escucharían algo. Trataba de no emitir sonido, mientras él había logrado liberar mis pezones y los estaba chupando con entusiasmo, eso me ponía más cliente. La excitación de ambos aumentaba, cuando de pronto escuchamos.

- Voy a preguntarle ¿sí está bien si le pasa algo?.

En ese momento se detuvo, me miro a los ojos y dijo muy suavemente:

- Sigue la corriente.

Rápidamente me dio vuelta y me puso contra su cuerpo, inmovilizándome con sus brazos, mi trasero estaba sobre su pené, grande, excitado, queriendo salirse del pantalón. No tuve tiempo de protestar ya que:

- ¿Estás bien? - era mi amiga preguntando.

- Si, si - respondí, mientras él me tocaba con una de su mano la entrepierna.

- ¿Necesitas algo? - pregunto, él moviendo sus dedos apretaba el vaquero contra mi clítoris, con movimientos mas que excitantes. Yo me volvía a calentar y la situación me ponía más nerviosa aún; si abría la puerta me iba a encontrar, excitada en sus brazos, con mis senos fuera de la remera y su mano en mi pelvis.

- ¿Esta segura, que no té pasa nada? - volvió a preguntar.

- Si, si ya salgo - respondí.

Yo estaba demasiado excitada para salir, esa conversación no la podía seguir, sus dedos hacían maravillas sobre el vaquero, yo quería gritar pero no podía hacerlo. Debe estar descompuesta - se escucho de afuera, ella se había retirado.

- ¡Basta! - le dije bajito pero con firmeza, él me soltó, sin dudarlo.

Lo mire con una mirada desafiante, él respondió:

- Yo dije que no iba a hacer nada que no quisieras - con cara de pícaro -Pero la venganza ¡me la debías! - remato.

Me incorpore, lave mi cara, intente poner cara de yo no fui. Pero él seguía tocándome.

- ¡Basta! - dije.

- Eres sexy hasta enojada - replico.

- Bien escóndete y sal dentro de un rato. Aquí no ha pasado nada.

Salí busque a mi amiga y le dije que me iba, que estaba muy descompuesta. Nadie había notado nuestra ausencia, con lo que me tranquilice y me fui. Caminado a casa, sola, imaginaba la cara de él al salir y no verme. Había sido una experiencia peligrosa y excitante, me lo merecía por haberlo provocado. Igualmente no me iba a quedar de brazos cruzados el próximo movimiento seguía siendo mío.

Al fin, lo tan esperado… Esta noche íbamos a terminar lo que había quedado inconcluso. Llego el fin de semana, yo sabia que sus padres se iban para afuera. Su hermano tenía fiesta toda la noche, estaba todo arreglado. Esta noche íbamos a terminar lo que había quedado inconcluso. Yo, había dicho que iba al cine con la barra y que nos encontrábamos en su casa. A los chicos les dijimos que nos veíamos en el cine, pero obviamente la intención no era llegar. Las excusas estaban prontas, las ganas sobraban, yo sabía que esta me tocaba a mí. Traía puesto una camisa blanca, debajo ni sostén negro muerte que se trasparentaba, una pollera corta en tablas. Sabia que eso lo calentaba, una tanga negra muy cavada, medias a medio muslo y zapatos altos. Estaba hecha una calentona, pero me cubría un sobretodo que no dejaba que mis ropas se vieran.

Toque timbre en su casa, nadie abría, insistí y nada. Pensé que se había ido, empuje la puerta y esta se abrió, entre y la cerré. Intente sacarme el saco, pero él me tomó por la cintura y comenzó a besar mi cuello a acariciarme, con una mano recorría mi vientre. Nuevamente en busca de mis senos, la otra en busca de mi pelvis. Me excitaba mucho que hiciera eso, pero recordé que me tocaba a mí y le dije:

- Basta - el muy sorprendido me soltó.

- ¿Estas bien?, ¿Que pasa? ¿Te hice daño? - pregunto consternado.

Yo sonreí, lo mire a los ojos y le dije con mirada sensual.

- ¿Jugamos?.

Eso no lo esperaba ya que contesto.

- Ok ¿pero de nuevo?.

- No, esta vez me toca a mí - estaba sorprendido pero accedió.

Me quite el saco mientras entramos en su cuarto, le dije al oído.

- Debes confiar en mi, no haré nada que no quieras - él sonrió.

Cerré la puerta, apague la luz, lo coloque de pie en el medio de la habitación. Estaba nerviosa, nunca había hecho nada semejante, pero no me iba a achicar. Me pare delante de él y lo bese, lentamente, fue un beso sin lengua, pero era calentón. Le mordía muy lenta y suavemente los labios. Luego su cuello, él quería tocarme pero con mis manos se lo impedí. Traía puesto una camisa, que yo comencé a besar, mientras desabrochonaba. La temperatura en el cuarto comenzaba a subir. Luego se la quite con mucha delicadeza, me separe de él y comencé a caminar a su alrededor mirándolo, deseándolo, tocando penas con mis dedos su tórax, su brazo, su espalda. Me coloque detrás de él y comencé a besar esa espalda que me enloquecía, acariciando con mis manos su tórax.

Empecé a bajar, lamiendo, besando, la temperatura subía, la tensión también. Llegue al cinturón, con mis manos comencé a acariciar su pené por en cima del pantalón, con mis labios besaba y mordía lentamente su trasero. La excitación aumentaba, su pené estaba firme, grande, intentando salirse del pantalón. Seguí besando y mordiendo su trasero, mientras con mis manos bajaba a la entre pierna, justamente debajo del pené. Comencé a presionar en ese lugar con mi dedo mientras, con la palma de la mano masajeaba sus testículos. Él estaba cada vez mas excitado, yo me fascinaba con su excitación, tenerlo así me calentaba cada vez más.

Con estos movimientos comencé a abrirle las piernas lentamente. Se dejaba, estaba encantado. Volví a subir, tocando y apretando su pené, este quería salir. El no sabía que hacer con sus manos, comenzó a moverlas a tocarme, me aleje. Salió en mi búsqueda pero lo detuve, seguía detrás de él, tome sus manos y un hilo de seda; lo amarre, fuerte pero con mucha dulzura. Bese sus dedos, uno por uno. Luego me pare y volví al cinturón, lentamente lo desabroche, su excitación aumentaba y yo me calentaba mas con esto. Desprendí el botón de su pantalón, luego baje su bragueta, su pené peleaba por salir del bóxer. Lo toque, lo acaricie, el se excitaba. Me acerque aun más a él, mi cuerpo pegado al suyo, sus manos en mi pelvis, me rozaba, me excitaba. Metí las mías por dentro de su bóxer, comencé a tocar su pené. Estaba grande firme, luchaba por liberarse, toque sus testículos, estaban calientes.

Comencé a pasar mis manos por este, liberándolo de su prisión. Estaba erguido, firme era enorme, lo tocaba mas y más, él se excitaba, su pené se volvía mas firme, mas erguido, hinchado, caliente, comenzó a jadear, a pedirme más, sus manos, tocaban mi pelvis por encima de mis ropas, el me acariciaba, buscando mi clítoris, era sensual, excitante, el calor subía, el gemía, imploraba, me gritaba, que siguiera, yo seguía más, más, más fuerte, de pronto un liquido salió de dentro de él, era espeso, pegajoso, caliente, quede cubierta por el y lo solté. Retrocedí, me coloque frente él comencé al limpiarme sus líquidos en mi ropa, recorriendo lentamente todo mi cuerpo. Mi camisa, me tocaba los senos por encima de ella mi vientre, mi cadera, mi trasero, el se volvía a excitar.

- Me vas a matar – dijo.

- Shhh - respondí.

Prendí la radio y puse una música muy sensual. Me acerque a él, rozaba mi boca sobre la de él, intento besarme se lo impedí. Quería liberarse no podía, estaba muy bien atado. Me di vuelta y coloque todo mi cuerpo sobre el suyo, mi trasero sobre su pené, lo tome con mis manos, este se estaba endureciendo nuevamente, lo coloque dentro del bóxer. Quería verlo sufrir mas, apreté con mi trasero su pené en el bóxer, mientras me movía suavemente masajeándolo. Mis manos las coloque sobre su trasero y lo apretaba, lo estrujaba mientras me movía sobre él. Estaba excitado, su cuerpo estaba caliente. Tome el cinturón y comencé a bajar su pantalón lentamente. Necesitaba un espejo quería verle su cara. Quería ver su expresión de excitación, le quite el pantalón y me levante, lo deje solo en el medio de su cuarto. Con la misma sensación que yo había tenido antes, estaba parado y atado, pero él si podía verme.

Me recosté en la pared frente a él y lo observe mientras chupaba uno de mis dedos, tenia gusta a sus jugos. Me excitaba verlo así, solo, desprotegido, en esos bóxer negros, sin saber que hacer. Comencé a desprender mi camisa lentamente, botón a botón, él se excitaba, no lo desprendí todo deje dos. Toque mis senos, mis pezones, por encima del sostén, estos estaban firmes. Comencé a bailar de modo muy sensual, alrededor de él. Lo miraba fijo, lo provocaba, intentaba tocarme pero me alejaba. Al compás de la música fui quitándome la camisa se la tire en la cara, no veía. Me acerqué a él, le quite la camisa de la cara, lo tocaba apenas con la yema de los dedos, bailaba a su alrededor, coloque mis senos en su espalda y me acariciaba con esta.

Él estaba muy excitado, yo cachonda, caliente, pero lo iba hacer sufrir más. Tome una silla y lo senté, él intenta besarme pero yo no lo dejaba. Seguía bailado y tocándome, eso lo calentaba más, con mis manos recorrí mis piernas, quitándome las medias muy lentamente, luego subí lentamente hacia la entre pierna, por debajo de la pollera, comencé a tocarme la pelvis, se excita más, eso me calentaba mucho. Me detuve camine hacia él me abrí de piernas y me senté en su falda, lo bese, lo necesitaba, él se notaba caliente. Su beso fue intenso apasionado, en esos besos me perdía, quería liberarse y yo quería que me tocara, pero aún no, podía resistir más. Lo detuve, él quería más, me aleje, me pare de espaldas a él pero muy cerca. Quite mi pollera lentamente bajando por mis piernas de espaldas, de manera tal que mi trasero estaba casi en su rostro. Me quería besar y no lo dejaba. Luego lo mire, me recosté en su cama; lo observaba, miraba cada parte de su cuerpo, estaba excitado, quería liberarse, quería tocarme pero no lo dejaba.

Comencé a tocarme nuevamente, pero esta vez una de mis manos fue directo a mi clítoris, movía mi dedo en forma circular, como él hacia conmigo, nunca me había masturbado, menos enfrente de alguien; pero verlo de esa manera me excitaba necesitaba tocarme. Mi otra mano tocaba mis senos, estaban muy firmes mis pezones, más aún querían salirse de mi sostén. Con mi dedo tocaba más y más mi clítoris, estaba muy excitada, él con mi excitación se calentaba más. Mirándolo a los ojos metí mis dedos en la vagina, metiéndolos y sacándolos. Mis manos mas fuerte sobre mis senos, gemía, era incontrolable, él estaba muy caliente su pene parecía que iba a estallar en el bóxer, yo jadeaba gritaba, me tocaba. Ahí tuve otro orgasmo, no tan intenso como los anteriores, pero esta vez delante de él, y por mi propia cuenta.

Me fatigue, respire hondo y lo miraba él estaba caliente, hervía me quería y no podía tocarme, su desesperación aumentaba. Me pare y me acerque a él. Puse en su boca el dedo con que acababa de masturbar, lo chupo con intensidad. Lo levante de su silla y comencé a besarlo, fue un beso profundo, caliente, su temperatura estaba muy alta. Seguí besando su cuello, baje por su tórax, su ombligo, su pelvis. Bese por encima del bóxer su pené. Seguía hinchado, lentamente comencé a bajar su bóxer, se lo quite quedando al descubierto, esa hermosa verga, la tenia firme, grande, caliente. La bese, el se estremeció, seguí besándola, lento pero apasionadamente, sus testículos, su pene, era enorme, llegue hasta su punta. Comencé a chuparlo, era algo que nunca había pensado que haría, pero era rico, con mi legua jugaba con el. Él gemía, jadeaba, estaba caliente, quemaba mis labios. Gemía, yo no podía creer lo que estaba haciendo, gemía, pedía más, más.

Pero mi boca se lleno de sus jugos, lo solté, lo escupí, me dio un poco de asco.

- Perdón - dije, el encanto se había roto. Me invadió nuevamente esa sensación de vergüenza, espantosa.

- No, no te pongas así - dijo - Ven desátame - agrego.

Le desate diciendo:

- Perdón soy una estúpida.

- No, lo estabas haciendo excelente, no pensé que te animarías a tanto - dijo tomándome entre sus brazos, me beso, me beso suavemente al principio pero con intensidad luego. Era un beso consolador.

Debió durar horas, eso es lo que yo sentí, mi vergüenza se desvanecía, en el placer de su beso, era apasionado, era increíble. Continuo besándome el cuello, con sus manos me saco un bretel, luego el otro. La temperatura nuevamente subía, me quito completamente el sostén, dejando totalmente descubiertos mis senos. Los beso uno, luego el otro mis pezones, se endurecían. Yo con mis manos buscaba su trasero, que tanto me gustaba. Pero no pude él siguió bajando, besándome excitándome, con cada beso. Me quito con los dientes la braga. Eso me hacia aumentar aun más la temperatura, la tensión subía pero lentamente. Luego volvió a mi boca a besarme, intensamente. Nuestros cuerpos estaban desnudos, pegados uno al otro, sus manos me recorrían. Yo en su trasero, hacia lo mío. Él, tomo el mío y comenzó a apretarlo con sus manos, a tocarlo era excitante. Rozo mi entre pierna, me estremecí. Metió sus dedos buscado mi vagina, me excitaba, la temperatura subía y con esta la tensión. Me besaba el cuello, me excitaba. Mi vagina estaba dilatada y húmeda, sentía como chorreaba entre mis piernas.

- No me lastimes - susurre.

- Lo sé - contesto.

Me volvió a besar profundamente, pero este fue muy corto. Ya que me subió a su cintura y me recostó en su cama. Seguía besándome, pero sus manos estaban agarradas de las mías, sosteniéndome. Siguió besándome, beso mi cuello, mis pechos, mis pezones, estaba excitado, siguió hasta mi ombligo, lo beso, lo lamió. Me excitaba más, más, era increíble eran sensaciones muy fuertes. Soltó mis manos y tomo mis piernas, las abrió, las beso, beso mi pelvis, con su lengua rozo mi clítoris me estremecí. Jugaba en él, con sus manos tocaba mis senos. Estaba muy excitada, mi vagina se dilataba más, estaba húmeda, él subió besándome por el vientre, los senos, los chupo.

Me excita más, más, me beso en la boca, fuerte, con ganas en ese momento, me estaba penetrando. Lo sentía, era grande, firme, caliente, más grande que dos dedos, al principio dolió un poco. Luego fue placer, subía y bajaba, comencé a gemir, el también, jadeaba, gritaba, más, más. Sus manos estaba sobre las mías, apretando fuerte. Gemíamos juntos, era muy fuerte. En ese instante tuvimos ambos un orgasmo simultáneo, fue fuerte, intenso, largo, todo lo anterior lo había merecido. Fue sabroso, su semen me bañaba, su cuerpo me cubría. Caímos los dos rendidos, en su cama cansados, excitados, pero satisfechos.

Fue mi primera vez completa, pero su espera había valido la pena. Quedamos dormidos.


Mi cuñada
Enviado el 13-02-2004 por ivon Versión Imprimible Enviar a un Amigo


Cuando comencé mi vida con Santiago, soñaba, como toda jovencita llena de proyectos, formar una familia y dedicar mis horas a la crianza de niños y a mi trabajo de decoradora de interiores, que tanto me gustaba. Después de varios años de noviazgo, creíamos conocernos y comprendernos como pocos de nuestros matrimonios amigos. Santiago era para mí un hombre admirable, muy educado y apuesto aunque, como todo machista empedernido, bastante reservado en sus asuntos y poco demostrativo. A pesar de que estábamos enamorados, había momentos en los que me sentía sola. Y la ausencia de hijos hacía más profunda esa sensación.

Fue en uno de esos días cuando recibimos la noticia que por viaje de negocios, vendría a quedarse en casa por unos meses mi cuñada, ya que la multinacional para la que ella trabajaba había decidido aventurarse a invertir en este país (porque eso sí debe ser considerado una aventura) y construir una cadena de centros comerciales con diseños y tecnología de vanguardia. Virginia era la hermana de Santiago que yo no conocía, ya que se había ido a vivir a California apenas recibida de arquitecta, y gracias a una beca que obtuvo en ese entonces por sus altas calificaciones. Yo había visto sólo algunos de sus trabajos, y su creatividad, su sensibilidad estética y el talento de sus manos eran increíbles.

El día que mi marido fue a recibirla al aeropuerto, yo me quedé en casa para asegurarme que todo estuviera en perfectas condiciones: la limpieza, los detalles, su dormitorio, la comida. Me arreglé y me maquillé para dar una buena impresión a mi huésped. Cuando sentí la bocina fuera de casa, sonaba también en el living el alto y antiguo reloj de pie que había heredado de mi abuela, y que movía su bien pulido péndulo anunciando la hora de almorzar. Al asomarme al jardín para ayudar a bajar el equipaje, mi cuñada ya inclinaba su voluptuosa figura para descender del vehículo. Mientras nos presentábamos saludándonos afectuosamente, pude ver sus hermosos ojos azules y cómo su rizada y abundante cabellera brillaba a la luz del caluroso sol del mediodía.

Los primeros días transcurrieron entre charlas y confidencias, y mi marido disfrutaba de ver cómo habíamos llegado a congeniar a pesar de habernos conocido hacía tan poco tiempo. A pesar de llevarme siempre muy bien con mis parientes políticos, él temía que la falta de experiencias en común entorpeciera la relación. Pero habíamos descubierto un punto de encuentro, algo que a las dos nos apasionaba: nuestro trabajo. La arquitectura y la decoración siempre se llevaron bien, son el complemento perfecto para hacer del confort del hombre una obra de arte y convertir la rutina en una experiencia placentera. Las mañanas eran nuestras horas libres, y solíamos pasar muchas de ellas consultándonos ideas y proyectos antes de salir hacia nuestros trabajos, mientras el reloj sumaba cada vez más golpes a sus campanadas.

Todo comenzó aquella noche de la semana siguiente, cuando las campanadas del reloj comenzaron a sonar inesperadamente y me arrancaron violentamente de mi sueño. Entonces me di cuenta de que había olvidado anularlas como lo hacía todas las noches, justamente para no tener que pasar por esto. Fastidiada conmigo misma por mi desmemoria, me levanté no sin esfuerzo, para callar esos sonidos que, en esas circunstancias, se habían convertido en un ruido insoportable. Y entonces la vi. Restablecido el silencio de la noche, me dirigía nuevamente a mi cama, cuando al pasar cerca de su dormitorio escuché unos suaves gemidos que despertaron mi preocupación. Entonces, ingenuamente, me dirigí hacia su alcoba para despertarla de lo que yo imaginaba era su pesadilla; pero cuando me asomé a su puerta entreabierta me di cuenta de que, para mi suerte, me había equivocado. Y presencié la escena más hermosa jamás imaginada, que cambió mi vida para siempre.

Ella estaba recostada en su cama con los ojos cerrados, y con sus gráciles manos recorría lentamente todo su cuerpo, apretando y arrugando la seda de su camisón violeta, que poco a poco iba descubriendo esos pechos, tan apetecibles como sus carnosos labios color rubí. La luna, desde la ventana, bañaba caprichosamente su blanca piel y en la oscuridad de la noche, transformaba las contorsiones de ese agitado cuerpo en un mágico y maravilloso juego de luces y sombras. Mi corazón no hacía más que latir como un caballo desbocado, y sin entender lo que me pasaba, la necesidad de mirar se volvió imperiosa.

Comencé a desearla cuando la vi jugar con su sexo ardiente y mojado. Abrió sus piernas y sus jugos brillaron como finos ríos de plata ante el resplandor de la luna; ríos que iban a morir a un mar que yo imaginaba dulce y tormentoso, agitado por las olas de sus dedos que se hundían en él inquietos y desesperados, como buscando un tesoro perdido. Y el tesoro fue encontrado. Lo supe cuando la escuché gemir y jadear y retorcerse con la desesperación de un condenado a muerte, mientras sus entrañas se aferraban espasmódicamente a ese improvisado barco que ella hizo naufragar en sus profundidades, socavando los confines de su ser. Y después de la tormenta, llega la calma. Las olas se aquietan y devuelven los despojos a la playa. Se dejó volar unos segundos exhalando un largo y suave suspiro de placer y, con la satisfacción dibujada en sus ojos, giró su rostro hacia la puerta, me miró con una sonrisa cómplice y se entregó a esa lasitud que trae al sueño. El espectáculo de luces y sombras había terminado, y la luna contorneaba su figura mientras dejaba al desnudo entre sus curvas los sinuosos caminos del placer. Y yo, desconcertada, me fui a dormir con mi tormenta a cuestas.

Cuando Santiago se levantó para ir a trabajar al día siguiente, yo apenas había dormido algunas horas. Pero mientras servía su desayuno, le noté una chispa y un romanticismo poco frecuentes en él a esa hora de la mañana.

- No sabía que mi mujer podía convertirse en una amante tan apasionada - me dijo mientras me abrazaba por la espalda, tomándome de la cintura y besándome el cuello tiernamente.

- Anoche estuviste fantástica.

Reí pudorosamente, sin saber qué decir. ¿Cómo hacer para explicarle las verdaderas razones de tan inesperado desborde de pasión a esa hora de la noche, sin que se sienta dolido? No podía contarle lo que había visto, y mucho menos lo que había descubierto en mí. Pasó que esa noche, después de lo presenciado, mi excitación era tan grande que al volver a mi cama no podía retirar las imágenes de mi mente. Y mientras pensaba en ella, comencé a besar a mi marido y a acariciarlo con toda esa ternura y esa pasión que ella me había inspirado. Él despertó desconcertado, pero dispuesto a continuar con el juego. Su boca se apoderó de mis pechos con la urgencia de un león hambriento, erizando sus pequeñas puntas morenas. Y yo, imaginaba sus carnosos labios color rubí. Él recorría suavemente con sus dedos todos los laberintos de mi piel. Y yo, recordaba sus gráciles manos desnudando esos apetecibles pechos de miel.

Ya fuera de mí, sólo buscaba librarme de ese deseo cuando me vi sentada sobre él cabalgando desenfrenadamente sobre su miembro viril y generoso. Mi sexo lo fagocitaba vorazmente al tiempo que mis caderas se mecían acunando mis pensamientos más prohibidos. Y pensé en sus ríos. Y en su océano. Y en las olas de sus dedos buscando el tesoro perdido. Al fin estallamos en medio de un improvisado coro de gemidos contenidos. Cansadamente, me dejé caer hacia mi lado de la cama. Cerré los ojos y, secretamente, le dediqué a ella mis suspiros.

Después que mi marido se marchó a su trabajo, regresé a mi cama un poco culposa y avergonzada. Por primera vez en mi vida, sentí que lo había engañado. Pero no iba a volver a suceder. La luz del día pone claridad en los pensamientos y nos trae nuevamente a la realidad. “Fue la noche, el calor, la curiosidad” pensé. En otras circunstancias, yo nunca desearía a una mujer. Y traté de olvidar lo sucedido.

Los días siguieron pasando y nos dedicamos de lleno a nuestro trabajo: Virginia me había pedido que decorara lo que iba a ser el despacho del gerente de uno de los centros comerciales, porque la empresa tenía un tiempo límite para cumplir con los contratos y el trabajo era arduo y complicado. Yo acepté gustosa el desafío. Además, trabajar para semejante empresa sería una buena carta de presentación en mi currículum. El día de la entrega de nuestro proyecto, nos habíamos levantado más temprano que de costumbre, porque debíamos ultimar varios detalles importantes. Gracias a Dios, esta vez podríamos trabajar más tranquilas, porque el calor había dado paso a una fresca y copiosa lluvia de verano, que golpeaba y corría por las ventanas transformando las plantas del jardín en fantasmas verdes agitados por el viento.

La radio me acompañaba siempre en mis solitarias horas de trabajo, pero esta vez, fue Virginia la que decidió que escucháramos un poco de Bernstein y Gershwin, ya que esto nos ayudaría a lograr mayor productividad en menor tiempo. Y no se equivocó. Por habernos levantado más temprano y sabiendo que nadie sale a hacer visitas en un día como éste, ambas nos habíamos quedado en nuestra ropa de dormir. Su camisón, rojo y un poco transparente, la cubría hasta los pies, pero el escote de su espalda dejaba ver audazmente su cintura, mientras la diminuta ropa interior de encaje de seda se traslucía indiscretamente al contacto con la gasa. Yo había dormido con mi remera favorita, una sudadera trama ancha de mi marido, blanca y de grandes sisas que por momentos dejaban ver los flancos de mis senos despreocupadamente.

Dibujábamos concentradas y en silencio mientras los acordes de “Tonight” llenaban el estudio. En un momento, por tratar de alcanzar unos pinceles de la repisa cercana al escritorio de Santiago, Virginia se alzó sobre las puntas de sus pies apoyando una de sus manos sobre el sillón giratorio. Inesperadamente éste cedió, y ella cayó golpeando fuertemente su cuello contra el posa-brazos de metal. Acudí en su ayuda con rapidez, y mientras ella se incorporaba dolorida y se sentaba en una silla, sólo atiné a masajear suavemente sus hombros y su cuello para calmar su malestar. Al tiempo, “Summertime” llevaba el ritmo de mis manos. Parada detrás de ella, podía ver bajo ese escote su pecho asustado y palpitante. Y esos senos... blancos, redondos y prohibidos, como la luna que los vio nacer entre las sombras esa confundida noche de placer. Y recordé su camisón violeta... sus curvas, sus gemidos, su mirada y su sonrisa cómplice. Mi confusión y mi vergüenza. Mi tentación y mi delirio.

Después de unos segundos, ella tomó mis manos y girando hacia mí, las besó mientras me agradecía la atención y se incorporaba, recorriéndome con sus ojos claros. Las piernas comenzaron a temblarme y el pudor obligó a mis ojos a alejarse de su rostro para vagar desorientadamente por el cuarto.

- Es hora de tomar un café - inventé, aturdida por el calor de mi sangre que se agolpaba en mi piel y delataba mis temores.

Me dirigí rápidamente a la cocina, más que nada para huir de esa tentación que no podía confesar. El corazón se me agolpaba en el pecho y mi respiración parecía no encontrar el aire suficiente. La tormenta se había desatado también en mi interior; mis sentidos eran ahora los cristales deformantes del deseo y mis sentimientos los agitados fantasmas de la pasión.

Cuando volví al estudio con las tazas de café, la vi inclinada sobre el tablero coloreando unos arbustos, mientras los finos breteles de su camisón caían como al descuido sobre sus brazos dejándome ver sus desbordantes pechos. Me miró con sorpresa, se acomodó el escote y tomó su taza de café. Yo no podía dejar de mirarla, deseándola secretamente. Nunca habíamos hablado de su pareja y de las causas del fracaso de esa relación. Ella era extrovertida, pero muy reservada en sus asuntos personales.

Mientras Bernstein hacía su trabajo con “Somewhere”, nos habíamos sentado displicentemente en el sofá a saborear nuestro café. Fue entonces cuando noté que acomodaba reiteradamente las sisas de mi sudadera, incómoda (pensé) por alguno que otro sorpresivo desnudo de mis senos, que se escapaban por ellas quizás por nerviosos e impacientes. Rozó como al descuido mi piel con el dorso de sus dedos acariciándome suavemente, en un intencionado accidente que sólo después llegué a comprender. Mi corazón comenzó a dar saltos y casi sin querer, me sumergí en el poderoso hechizo de sus ojos azules, ocultos tímidamente bajo sus dilatadas pupilas. “María” inundó con la magia de sus sonidos todo mi ser. Los violines me empujaron al abismo de su boca, tantas veces deseada. Y la besé. Sin saber lo que hacía y arriesgándome al rechazo, la besé. Casi ni pude creerlo cuando ella tomó mi cuello entre sus manos y se apoderó de mis labios sorprendidos. Me besó desesperadamente mientras yo saboreaba su aliento entrecortado y tibio. Al instante, en un arrebato de conciencia se alejó, perturbada, dándome la espalda.

- No podemos, no debemos. Tarde o temprano la realidad terminará por destruirlo todo - me dijo.

Pero ya era tarde. Ahora, mi realidad era ella. Desde mi lugar mis ojos disfrutaban de su larga columna como perlas nacaradas. En silencio y para consolarla, fatigué su espalda de lentas y llamadoras caricias. Para terminar de convencerse quizás, giró hacia mí y lentamente dejó caer la roja gasa hasta su cintura, ofreciéndome tímidamente sus pechos desnudos. Me abalancé sobre ellos, por miedo tal vez a que volaran como dos palomas temerosas, y los besé y los mordí... y los mojé, mientras ella me acariciaba con la sensibilidad que sólo una mujer puede tener. Deslizó sus manos bajo mis axilas y se apoderó de mis pequeños pechos apretándolos con frenesí.

Ya sin poder reconocerme, me arranqué la ropa para sentir sus pechos contra los míos, al tiempo que buscaba su boca y con el peso de mi cuerpo, la recostaba lentamente en el sillón. Ya embriagada por sus besos, mis dedos se hundieron en sus bragas, buscando en su capullo ese botón mágico que me abriría las puertas de su ser. Y al instante, sin recelos, abrió sus piernas y me ofreció su sexo como una joya preciosa. Bebí desenfrenadamente de su fuente que, como el agua salada, sólo me provocaba más sed. Y con mis rodillas a los costados de su rostro, le di también de beber mis jugos tibios.

- Juega - le indiqué - Siente mi ardor.

Su lengua fue presa de mis arenas movedizas que la atrapaban y la sumergían empecinadamente a sus profundidades. Éramos dos brasas encendidas. Dos llamas crepitantes avivadas por la lujuria. Sentí cómo sus dedos se abrían paso entre mis carnes, y cómo los míos la hacían estremecer en un quejido largo y desgarrado. “Mi amor...” la oí susurrar. Nuestros dedos comenzaron a agitarse en una danza de jadeos y gemidos, hasta que pudimos sentir por fin el latir de esos muros estrechos y carnosos, fundidos en dos orgasmos que palpitaban acompasadamente junto a las campanadas del reloj. Con sus once golpeteos, aquel mudo testigo parecía advertirnos discretamente desde el comedor que mi marido estaba pronto a regresar para el almuerzo.

- ¿Terminaron el proyecto? - preguntó Santiago mientras Virginia y yo levantábamos los platos de la mesa.

- No. Porque esperamos algunas indicaciones en la reunión de directorio de esta tarde, para darle los últimos detalles - y me miró disimuladamente, como buscando aprobación.

- Sí - contesté un poco nerviosa y esquiva, temiendo que leyera en mis ojos la mentira - Debemos estar en la empresa a las cuatro de la tarde.

Cuando el reloj dio tres campanadas, estábamos listas para partir y mi marido acababa de levantarse de su corta siesta, para salir de nuevo a la oficina. Era para él una época de mucho trabajo, ya que enero es el mes que los estudios contables tienen para realizar los balances y presentar la documentación en los organismos pertinentes.

- Nos vemos esta noche - me dijo él provocativamente, dándome un beso y apretando mis nalgas con sus manos.

- Si, claro - respondí un poco aturdida, apresurada por ganar la puerta; desde allí mi cuñada nos miraba, silenciosa.

- Vamos - le dije, y acomodando mi cartera al hombro me dirigí hacia el auto.

La reunión en realidad estaba programada para las seis de la tarde. Pero debíamos conversar, necesitábamos estar a solas para hablar de lo que nos estaba pasando. Habían sido muchas emociones para un solo día. Además, debíamos inventar una excusa verdaderamente buena que justifique nuestra solicitud de prórroga para la presentación del proyecto. Ya la lluvia había cesado y las plantas lucían sus colores con todo su esplendor. El tiempo que duró el trayecto hasta el bar cercano a la empresa permanecimos en un embarazoso silencio, yo sumergida en mi rol de conductora, y ella con los ojos clavados en la ventanilla. Cada una iba absorta en sus pensamientos. Sólo el ruido del motor y las bocinas de los autos nos hacían saber que afuera existía un mundo que seguía andando.

Acomodamos los planos en una de las sillas y pedimos dos cafés cortados. La conversación giraba en torno a temas sin trascendencia, sobre los cuales tratábamos de mantener un forzado interés. Luego de que el mozo nos interrumpiera para dejarnos el pedido, no pude evitar comenzar con la charla que nos había llevado hasta allí.

- ¿Qué haremos con esto? - pregunté - No quisiera lastimar a nadie.

- A mí no me lastimas - respondió. Hizo un minuto de silencio y agregó:

- Alguna vez me preguntaste por qué rompí con mi pareja, y yo te contesté con evasivas ¿Recuerdas? Fue porque le confesé mi condición de bisexual. Y nunca me creyó que la quería. Ella proclamaba que una bisexual siempre termina enredándose afectivamente con un hombre.

La miré desconcertada, sin entender muy bien lo que decía.

- Pero... entonces tu pareja...

- Sí - respondió - Mi ex pareja se llama Alice. Sólo que aquí nadie lo sabe.

- Entiendo... - respondí, mientras me reponía un poco de la novedad.

Pero ahora todo comenzaba a encajar: su soltería, su carácter reservado, sus amores misteriosos... su atracción por mí. Me sentí un poco aliviada cuando me di cuenta de que acababa de descubrir mi condición de bisexual, y digo aliviada porque siendo así podía explicar la atracción y el amor que todavía sentía por Santiago. Y así como Virginia nunca llegaría a enamorarse de un hombre por amar a las mujeres, estaba convencida de que yo jamás querría a una mujer y que mis relaciones con ellas sólo se limitarían a la búsqueda del placer carnal. Además, yo amaba a mi marido.

Ella me confió que en un primer momento, cuando comenzó a sentirse atraída por mí, la perturbaba el hecho que fuera su cuñada. Pero luego no vio nada de malo en que pudiéramos jugar un poco por placer, sin compromisos. Además, Santiago era mi esposo y a eso nada podría modificarlo. Sólo bastaron unos días para que me diera cuenta de toda la verdad. Aliviada yo un poco de la culpa, seguimos charlando y riendo esperando que llegue la hora de ir a la reunión. Habíamos decidido pedir la postergación de la entrega aduciendo una imprevista indisposición mía por un viejo problema de riñón, que en realidad de cuando en cuando me atacaba. Antes de salir, nos dirigimos a la toilette para retocarnos el maquillaje. Parada frente al espejo, buscaba en mi bolso el lápiz labial cuando siento que Virginia echa llave a la puerta y se abalanza jocosamente hacia mí.

- ¡No escaparás, villana! - exclamó en tono cinematográfico mientras se sacaba el top y me abrazaba por la espalda, riendo y refregando su cuerpo contra el mío. Yo podía mirar a través del espejo cómo devoraba mi cuello con exagerados besos y mordiscones mientras metía sus manos por debajo de mi blusa, levantando mi corpiño y apretando mis pechos. Podía sentir los movimientos de su pubis contra mis nalgas y sus duros botones en el escote de mi espalda.

- ¡No, espera! - le advertí riendo y apartándola de mí - ¡Nos esperan en la oficina!.

- Te preocupas demasiado - acotó livianamente - Si sólo nos llevará unos minutos.

Me tomó por la cintura y me sentó sobre el lavatorio. Levantando mi pollera abrió mis piernas y acomodó mis rodillas cerca de mi cara. Se inclinó divertida y con su cara enfrente de mi sexo, me corrió la tanga sosteniéndola con una mano, mientras con sus otros dedos jugaba en mi interior como una adolescente. Su inquieta lengua me hizo estremecer en un orgasmo silencioso y clandestino como nuestro juego. No había terminado de disfrutar de mi clímax cuando llamaron a la puerta. Casi me muero de susto. Por unos segundos, había olvidado que estábamos en el baño de un bar. Me incorporé violentamente acomodando mi ropa con urgencia y tratando de disimular mi excitación, mientras Virginia me observaba burlona.

-¡Un momento! - gritó ella mientras reía compulsivamente y se calzaba otra vez su top blanco - La llave se atoró.

Salí como un rayo del lugar, y ruborizada y avergonzada me dirigí directamente al estacionamiento. Virginia tuvo que ocuparse de levantar los planos y de pagar la cuenta. Esta vez condujo ella. Esta vez, nos miramos con picardía, como dos criaturas que acaban de mandarse una travesura; y el embarazoso silencio dio lugar a las sonrisas.

Solucionados los conflictos y aclaradas mis dudas, retomé mis actividades con normalidad. Mi vida con Santiago era buena, nuestras relaciones íntimas se daban con la regularidad de siempre, y de vez en vez, con Virginia aprovechábamos las mañanas libres para jugar un poco por la casa: el baño, el living, la cocina. No olvidaré aquella vez cuando preparaba el postre favorito de mi marido y terminamos todas pegajosas y relajadas. En esos días los rayos del sol caían como dagas y habíamos decidido broncearnos un poco antes de que el sol se tornara agresivo. Nos metimos un rato a la pileta y luego nos quedamos en nuestros trajes de baño. A las diez de la mañana, el calor ya comenzaba a hacerse notar. Ella se puso a trabajar sobre los planos de un subsuelo que debía tener acceso a uno de los subtes de la ciudad y estaba teniendo problemas con la distribución del sistema de ventilación. Eso, en una ciudad tan calurosa como ésta, era sumamente delicado. Hizo un alto en sus tareas y fue a la cocina, donde yo me esmeraba en respetar los pasos de la conocida pero complicada receta; el postre debía salirme perfecto, por dos razones: era el predilecto de Santiago y además, ese día era su cumpleaños.

Después de curiosear en la heladera, Virginia se apoyó contra la mesada a mirar lo que cocinaba mientras mordisqueaba distraídamente una manzana. Para llamar su atención, tal vez llevada por un inconsciente deseo de poseerla otra vez, metí mis dedos en el dulce de leche y los llevé a su boca. Ella, sin dudar comenzó a lamerlos gustosa. Mirándome provocativamente a los ojos los limpiaba lenta y pausada con su lengua, los aprisionaba con sus labios y los hundía profundamente hasta su garganta. Sin pensarlo más saqué sus pechos del corpiño y comencé a masajearlos con suavidad cubriéndolos con la crema chantilly que tenía para el relleno. Los llevé a mi boca para comerlos golosamente frotando sus grandes y duros botones con la punta de mi lengua. Y a las dos nos envolvió la locura: la tiré sobre la mesa y la dejé completamente desnuda al tiempo que ella habría sus piernas entregándose completamente. Tomé la miel y la derramé sobre su vientre y sobre su vulva carnosa y depilada. Desde allí vi cómo corría por los labios y se agolpaba en su panal. Me convertí entonces en un oso que busca su alimento preferido: lamí su sexo ávidamente y en el intento de extraer la miel producida en sus entrañas, hundía mi lengua y refregaba mi cara con desesperación. Sus contorsiones me avisaban que el clímax había llegado. Agitada, bajó de la mesa, me puso a cuatro pies en el suelo y abriendo mis nalgas con sus manos, lubricó mi orificio trasero para hacerlo jugar delicadamente con sus dedos. Se quitó el pañuelo con que sujetaba su cabello y me tapó los ojos.

- No te muevas - me dijo al oído - Ya regreso.

Le hice caso y al minuto la oí volver. No podía verla, pero sentía su lengua recorriendo todos los rincones de mi piel. Se arrodilló detrás de mí, y sorpresiva y maravillosamente, sentí que mis carnes se abrían al paso de su inmenso miembro sujeto a unos arneses que rodeaban sus caderas. Y grité. No lo esperaba. Ella se movía rítmicamente, y yo trataba de recuperar la respiración mientras todo mi cuerpo era bombardeado por desconocidos espasmos de placer. Nos tiramos de espaldas en el piso para recuperar el aliento. Permanecimos unos minutos en silencio. Imprevistamente giró hacia mí apoyando su cabeza en uno de sus brazos, me miró y corriéndome el cabello del rostro.

- Te amo - me dijo tristemente - Siempre te amé.

Yo enmudecí por unos instantes, pero cuando adivinó mis intenciones de articular palabra, puso sus dedos sobre mis labios y acotó:

- Shssss. No tienes que explicarme nada. Sabía que el día que te lo confesara, te perdería. Está todo bien, son las reglas del juego. Mi hermano es un hombre muy afortunado. Dentro de un mes cada cual seguirá su camino. Sólo quería que lo supieras.

Los días que sucedieron a aquella preocupante confesión me habían llenado de desasosiego. Me había vuelto parca y distraída, tal vez no quería entender lo que sucedía. Habíamos jugado con fuego y estábamos empezando a quemarnos. Mi relación con Virginia ya no era la misma. Nos habíamos alejado. Ella se había vuelto más callada y dedicaba la mayor parte de su tiempo casi obsesivamente a su trabajo. Si Santiago me buscaba con besos o caricias en su presencia, siempre encontraba el pretexto para escabullirse. Tal vez no quería salir lastimada. Santiago comenzó a notarme distinta, y me lo hizo saber. Nuestros encuentros íntimos se habían vuelto para mí una obligación más que una necesidad. Fue entonces cuando comencé a darme cuenta con preocupación de que extrañaba sus juegos, sus bromas; que me hacía falta sus caricias, sus besos, su ternura de mujer. Su indiferencia me estaba dañando y yo no era capaz de asumirlo. Pero mi corazón ya no pudo mantener su compostura el día que recibí su correspondencia y leí el remitente: Alice Harrison. Los celos empezaban a carcomerme poco a poco. Cuando me contó que su ex pareja la esperaba para intentar retomar la relación, me volví loca. No soportaba más aquella situación, pero no sabía qué hacer. Cuando Santiago se metió a la cama por la noche y comenzó a acariciarme, fingí dormir profundamente para no tener que ceder a sus inoportunos antojos. El infierno se había apoderado de mí. Ya no podía apartarla de mi mente. Ahora, recostada en mi almohada, podía reconocer que la deseaba más que a nada en el mundo. Sólo pensar en nuestros momentos de pasión me hacía necesitar su cuerpo desesperadamente. Con dolor, había descubierto mi verdad.

Después de que Santiago se fuera a la oficina, me quedé recostada en mi cama acompañada de mis pensamientos. Era muy temprano y Virginia todavía dormía en su habitación. Yo recordaba el día que la vi bajar del auto, cansada del viaje; las mañanas, aquella charla en el bar el día de la entrega del proyecto... Y pensar que habíamos convenido jugar un poco... sólo por placer y sin compromisos. Cansada ya de evadirme en mis recuerdos, me levanté pesadamente para refrescarme un poco la cara. Y no pude evitar mirar hacia su alcoba. La vi allí, dándome la espalda, durmiendo plácidamente recostada sobre el lado izquierdo de la cama. Y decidí contarle mi verdad. Sin importarme ya las apariencias, me metí con prisa entre sus sábanas. La abracé fuertemente por la espalda, y bebí desesperada de la droga tentadora de sus cabellos.

- Te amo - le dije mientras mis manos recorrían sedientas sus caderas, tratando de recuperar tantos días de deseo contenido.

Sin decir nada, giró hacia mí y me respondió con un mojado beso de pasión. Mi piel recuperaba estremecedoramente esas inquietas caricias femeninas, que me envolvían en un sopor tranquilo y profundo. Nos hicimos el amor como la primera vez. Y no hubo palabras. Nuestros cuerpos habían aprendido el lenguaje del amor. En la erótica coreografía de nuestra danza, nos penetramos mutuamente con sus juguetes hasta fundirnos en esos incontenibles y desgarrados gritos de placer. Desde ese día habíamos decidido aprovechar todo el tiempo que nos quedaba por compartir, porque pensar en lo descabellado de nuestra relación sólo nos haría sufrir y formular preguntas imposibles de resolver. Yo tenía una vida con Santiago, una profesión, amigos, parientes, y no podría soportar el juicio y la censura de la gente. Además, Santiago era un excelente esposo.

Los días que sucedieron fueron inolvidables: después de confesarnos nuestro amor, nuestras relaciones dejaron de ser un juego (aunque hoy me doy cuenta que nunca lo fueron). Luego de la partida de Santiago a su trabajo, Virginia solía escabullirse hasta mi cama a ver un poco de televisión y a acariciarnos mutuamente. Algunas veces, terminábamos enredadas en nuestros juegos secretos y calientes. Pero el día de su partida se acercaba. Habíamos hablado muy poco acerca de ese tema, quizás por no querer enfrentar el paso del tiempo que, tarde o temprano, nos alejaría. Cada una tenía sus obligaciones y, aunque nos angustiaba la idea de separarnos, sabíamos que eso ocurriría irremediablemente.

El día anterior a su partida habíamos decidido tomarnos el día libre para despedirnos y le dijimos a mi marido que teníamos que viajar temprano a otra cuidad por cuestiones de la empresa, y que regresaríamos ya entrado el anochecer. Virginia había reservado una habitación en uno de los mejores hoteles de la ciudad; una ocasión especial, merecía un lugar especial. Llegamos al hotel cerca del mediodía. La dos estábamos un poco nerviosas, como una pareja de recién casados en su luna de miel, y no sin razón: no era la primera vez, pero seguramente, iba a ser la última, la despedida. Apenas entramos a la habitación, pedimos el almuerzo y nos alistamos para darnos un largo y reconfortante baño de inmersión. Ya en el agua tibia y jabonosa, podía disfrutar viendo cómo la espuma resbalaba por su cuello y ocultaba sus sabrosas moras maduras. Ella se refregaba los pechos y ocultaba las manos entre sus piernas, mirándome provocativamente e invitándome a jugar. Y no me hice de rogar. Puse sus pies a ambos lados sobre los bordes de nuestro pequeño mar privado y apoderándome de su ostra sumergida y caliente, fui abriéndola suavemente con mis dedos hasta hacer saltar en su interior la perla negra del placer. El timbre anunció que el almuerzo acababa de llegar.

Comimos en la alfombra envueltas en nuestras toallas de baño, y la veía particularmente empeñada en darme de comer el postre, sin advertir sus intenciones. Cuando llegó el turno de las frutillas con crema, extendió la cuchara ofreciéndome una y pidiéndome que la siguiera lentamente con mi boca. Así lo hice intrigada, hasta que me vi frente a sus pechos descubiertos y erizados. Sin esperar un segundo los lamí, los mordí, los besé... mientras ella me arrancaba la toalla y me recostaba en el suelo. Impaciente, le ofrecí la frutilla de mi sexo que saboreó, frotó, succionó... y preparó para la sorpresa final. Jugó también con mi orificio trasero, que yo sentía dilatarse generosamente con su lubricado y delicado juguete, que luego dejó en su interior y me hacía gozar. Jadeante y desesperada por mi excitación, le imploraba que me penetrara con sus dedos pero ella se rehusaba. Yo no entendía qué pasaba cuando imprevistamente sentí que, quitándose la toalla, se recostaba sobre mí y hundía también en mis entrañas su juguete con arnés, cabalgándome frenéticamente mientras me acariciaba y me besaba con desesperación.

- Te amo, te amo - repetía a cada movimiento de su pubis - Y haré lo imposible para que vuelvas a estar conmigo.

Yo sentía sus juguetes moviéndose entre mis carnes hambrientas y enrojecidas y el éxtasis del placer me quitaba la respiración. No sé si fue su doble penetración, sus movimientos o sus palabras, pero fue el estremecimiento más intenso que tuve en mi vida. O fue que, quizás, me dijo lo que siempre había querido escuchar. Después de descansar un rato, nos dimos un baño y salimos a recorrer un poco la ciudad, ya que ella quería llevar algunos regalos para unos amigos. Las últimas palabras que había pronunciado mientras hacíamos el amor resonaban en mi cabeza y me llenaban de incertidumbre; tal vez avivaban en mí una esperanza que no quería tener; tal vez, me obligaban a reconocer que era eso lo que yo realmente deseaba, pero que no estaba dispuesta a hacer nada para conseguirlo. En el fondo, era una cobarde. Ella era capaz de jugarse por mí, y eso me daba miedo.

Ya todo estaba listo para su partida. El vuelo estaba programado para las 19 horas. Cuando llegamos al aeropuerto, nos comunicaron que había un frente de tormenta en una zona cercana y que el vuelo se retrasaría al menos una hora. Entonces, decidimos tomar un café en el bar. Santiago se mantenía un poco al margen de nuestras conversaciones, como siempre. Estaba distendido pero sentía que observaba con disimulo nuestro comportamiento, y eso me ponía incómoda.

- Espero volver pronto - dijo Virginia - Si no, tendrán que ir ustedes en sus vacaciones - continuó.

- Claro, sobre todo ustedes, que se hicieron “tan amigas”- respondió Santiago en un tono sonriente e irónico, al que no dimos importancia por estar nerviosas y angustiadas y tener que disimularlo. “Estaba celoso de nuestra amistad”, pensamos.

Antes de partir nos dirigimos a la toilette mientras mi marido nos esperaba con los bolsos en la sala principal. “Haré lo imposible para que vuelvas a estar conmigo”. Sus palabras daban vueltas en mi cabeza. No lograba entenderlas. Eso para mí, era un sueño inalcanzable. Apoyé mi cuerpo contra la pared suspirando para liberar mi angustia, cuando sentí que sus labios se apoderaban de mi boca con frenesí. Nos fundimos en un largo y desesperado beso, sin palabras. Al terminar, una señora mayor, desde el lavamanos nos miraba, atónita. Sin inmutarse y dirigiéndose a ella, Virginia comentó mientras me tomaba de la mano para salir de aquel lugar:

- Acaso no dicen que “el amor tiene cara de mujer?” - y rió divertida.

- Les escribo - comentó antes de darnos el último abrazo y dirigirse al sector de abordaje. Por supuesto, nos abrazamos como dos buenas amigas.

Mientras el avión se alejaba comencé a asumir que ya no la vería, y que tendría que esforzarme por lograr que mi vida volviera a la normalidad. Me embargaba la tristeza.

- Estás muy callada - observó Santiago.

- No es nada - respondí disimulando - Estoy un poco cansada, eso es todo - Y nos dirigimos camino a casa, mientras el sol comenzaba a esconderse en el horizonte.

Los meses se sucedían normalmente, y poco a poco fui retomando mi rutina de siempre. De cuando en cuando recibíamos un e-mail de Virginia, dirigido a ambos y contándonos cómo era su vida en California. Generalmente, era yo la que respondía el correo en nombre de los dos. Por correspondencia, por supuesto, no podíamos hablar de nuestras cosas, así que en los momentos en que mi marido no estaba en casa nos poníamos de acuerdo para chatear sobre nosotras, sobre nuestros sentimientos. “Te extraño” me confesaba “Extraño tu cuerpo, tu sabor, tus jadeos, tus besos, tus caricias de mujer. Recuerdo uno a uno los momentos que pasamos juntas y mi deseo no tiene sosiego“. Y yo también le contaba lo que sentía: hacer el amor con Santiago ya no era lo mismo, y muchas veces en su ausencia me masturbaba imaginando nuestros momentos de pasión. La necesitaba cerca de mí.

Fue en una de esas charlas que me confesó que tenía una sorpresa para mí y que pronto me llegaría por correo. Sólo que tendría que abrirlo en ausencia de mi marido. Sería algún regalo, ya que se aproximaba el día de mi cumpleaños. ¿Pero por qué abrirlo a solas? Regresaba apurada después de un largo día de trabajo, cuando Santiago me comenta:

- Hay un sobre para vos, llegó por correo.

- ¿Un sobre? - exclamé sorprendida. Yo esperaba una encomienda. Miré el remitente: era ella; recordé su sugerencia y lo dejé sobre la mesa.

- No vas a ver qué tiene? - preguntó él intrigado.

- Ahora no - disimulé - Estoy cansada, mejor mañana.

Esa noche casi no pude dormir por la ansiedad. Sin poder contenerme más, me levanté a media moche para abrir el sobre y conocer cuál era la tan esperada sorpresa. Cuando lo vi, no podía creerlo: era una nota del gerente de la empresa donde ella trabajaba solicitando mis servicios por tres meses. Por comentarios de Virginia acerca de nuestros trabajos, había creído conveniente que fuera yo quien colaborara en un proyecto presentado por ella para la construcción de un importante centro cultural en las afueras de la ciudad. No lo podía creer. Junto a la solicitud, una nota de ella que decía:

“Mi amor:
Espero que mi sorpresa nos devuelva esa felicidad que algún día tuvimos. Por favor explícale a Santiago que no puedes perder esta oportunidad laboral y que los meses pasan volando. Muéstrale la otra carta que te mando junto con esta. Si aceptas, tienes que estar aquí en dos semanas. Después de leer, quema esta carta. Te extraño. Te amo. Te espero.”

Aturdida por los nervios, creí escuchar que Santiago se levantaba de la cama y me apresuré a guardar la nota en el bolsillo del delantal de cocina, que tenía cerca. Para justificar mis andanzas noctámbulas me dirigí al baño apresuradamente. Cuando volví a la cama, Santiago dormía plácidamente.

Al despertar por la mañana, Santiago ya se había ido a trabajar. Entonces me di cuenta de que me había dormido. Me levanté cansada por el desvelo y fui directamente al sobre. Entonces, recordé que debía quemar la carta de Virginia que había escondido en el bolsillo del delantal. Después de releerla, lo hice sin dudar. Mientras me vestía ensayaba mentalmente los argumentos que esgrimiría ante mi marido para justificar valederamente mi decisión de viajar: “sólo sería por unos meses”... “era importante para mi currículum”... “el sueldo era más que tentador”... además, trabajaría con su hermana. No podía decirme que no.

Cuando Santiago volvió al mediodía, le mostré la nota del gerente y la otra carta de Virginia en la que justificaba la necesidad de que sea yo quien trabajara con ella. Santiago me miró pensativo y permaneció callado. Tanto silencio estaba comenzando a incomodarme.

- ¿Qué pasa, Santiago? - pregunté, un poco nerviosa.

Esperó unos minutos y, mirándome a los ojos, contestó:

- La carta. En el bolsillo del delantal. La encontré temprano, al hacerme el desayuno.

De pronto sentí cómo las piernas se me aflojaban y un sudor helado comenzó a invadirme bruscamente. Me senté. El corazón quería salírseme del pecho. Tardé un poco en recuperarme, pero antes de que yo pudiera articular palabra, prosiguió:

- No te preocupes, al fin y al cabo, siempre lo supe, sólo me faltaba una confirmación.

Sin entender por qué se había dado cuenta, pregunté:

- Pero... cómo...

- Sólo bastaba verlas juntas - interrumpió él - A pesar de que se esmeraban en disimularlo, hay cosas que no se pueden ocultar. Y podría darles un consejo para el futuro: no se saquen la ropa interior debajo de las sábanas, siempre se escurren para los pies de la cama y quedan olvidadas.

Ahora entendía todo: su discreción en nuestras charlas, su alejamiento, la ironía en el aeropuerto, su silencio. Yo no tenía palabras. Lloré. Por miedo y por vergüenza. Por él, pero también por mí. No hubiera querido defraudarlo. Si no la hubiese conocido... Lo abracé, pedí disculpas. Nada era suficiente para reparar el daño que le había hecho.

- Mi hermana no lo sabe, pero yo sabía de sus preferencias - me dijo para tranquilizarme - Aunque nunca la hubiera imaginado contigo. Pero no hay reproches, la vida nos impulsa a ser lo que debemos y a estar con quien tenemos que estar, verdaderamente.

Terminamos la conversación como adultos, sin rencores y aceptando la realidad. Yo, en el fondo, sentía un gran alivio. Al fin podría dejar de fingir ante él. El reloj anunciaba que Santiago debía volver a la oficina.

Estaba sentada, sola con mis pensamientos, mirando detrás del vidrio un paisaje que nunca creí que llegara a conocer. Pienso en ella, en su figura ese día caluroso que nos conocimos en el jardín de mi casa. En esa noche que la vi en su cuarto, jugando a la luz de la luna. Los recuerdos se agolpaban en mi mente y no hacían más que avivar el fuego que me carcomía las entrañas y que sólo sus llamas eran capaces de calmar. Sí, calmar brasa con brasa. Sólo el fuego de la pasión es capaz de aceptar tal teoría.

La azafata anunció que íbamos a tocar tierra, arrancándome de mis meditaciones. De pronto, parada en la escalera, mis ojos la buscaban, mi corazón la llamaba, mi cuerpo la esperaba con esa ansiedad que provocan los momentos importantes. Y de pronto, la divisé entre la multitud. Ella corrió hacia mí, y yo, dejando mis bolsos en el suelo, la abracé y la besé con la desesperación de un sediento en el desierto, estrechando sus tibios pechos contra mi cuerpo. Ya nada me importaba. Quería que me vieran besarla, acariciarla. Que supieran que me hacía falta, que la deseaba, que la amaba con todo mi corazón. Alrededor de nosotros el mundo seguía andando, monótono como una tragedia.

- ¡Tanto equipaje, parece que te mudas! - observó bromeando.

Reí con ella mientras retirábamos los bolsos y buscábamos un auto de alquiler. Es que no era el momento de darle mi sorpresa. Eso merecía una cena íntima en su departamento. Tal vez ahora “nuestro departamento”. Porque tendríamos que solicitar al gerente de la empresa que renueve mi contrato indefinidamente o me vería obligada a buscar otro empleo permanente. Mi vida con ella había comenzado.

Fin

Ivon, 2.004

Natalia y el ajedrez
Enviado el 03-01-2004 por SOCIEDAD Versión Imprimible Enviar a un Amigo


Conocí a Natalia en la típica verbena veraniega. Era la fiesta de mi pueblo y yo estaba con una docena de amigos y amigas, bebiendo, bailando y fumando. Como no había que conducir, nadie se privaba de tomar cubatas. Me sonaba la cara de la chica, ya que conocía a su hermana mayor y el parecido entre ambas era evidente. El caso es que noté que me miraba y, sin darnos cuenta, ya estábamos bailando y tocándonos. Bailamos y charlamos animadamente. Ella me dijo su nombre (Natalia, aunque yo ya lo sabía) y su edad (20 añitos) y que entre sus aficiones estaba el jugar al ajedrez. Yo solo le dije que me llamaba Javi, aunque estaba seguro de que ella ya lo sabía, y que también me encantaba jugar al ajedrez. Preferí omitir mi edad, ya que a los 26 años me sentía algo viejo en comparación con ella. Nos achuchamos un poco más, pero al rato ella dijo que tenía que volver a casa. No obstante me dijo que ya me llamaría un par de semanas después, para jugar conmigo una partida de ajedrez. Nos despedimos y, la verdad, es que yo no di mucha importancia a su invitación. Volví con mis amigos para seguir divirtiéndonos. A fin de cuentas Natalia solo había sido un ligero rollo veraniego y, lo más probable, era que no nos volviésemos a ver.

Sin embargo me equivoqué. A los veinte días me llamó por teléfono. Yo ya estaba en la ciudad y no supe como se había hecho con mi número de teléfono, pero eso era lo de menos. Decidimos quedar el sábado por la tarde en un bar de estudiantes, con el objeto de jugar una partida. El bar lo elegí yo y no fue otro que el que frecuentaba en mis tiempos de universitario. Allí todo el mundo me conocía (los clientes, la jefa, los camareros) y de este modo “jugaría en casa”. Los días previos repasé un poco mis conceptos de ajedrez, algo oxidados, ya que desde mis éxitos en el instituto había jugado muy poco y con rivales débiles. De cualquier modo confiaba yo que mi nivel fuera suficiente para no quedar mal.

Aquella tarde de finales de septiembre hacía mucho calor, por lo que me vestí con una camisa azul clara de manga corta, pantalones chinos finos y zapatos de verano. Llegué al bar a las seis en punto, pero Natalia ya estaba en la barra, con un café delante de ella. La verdad es que estaba espléndida. Era delgada y de mediana estatura. Vestía unos pantaloncitos vaqueros muy cortos, camiseta de algodón blanca y transparente y sandalias. Nos dimos dos besos y pedí un café con hielo al camarero. La sonriente Natalia tenía un aspecto de quitar el hipo. Sus pantalones cortos realzaban la morenez de sus piernas, la camiseta algo transparente permitía adivinar el sujetador y llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo. Tenía la cara también morena, los ojos marrones, la nariz chata y el pelo negro y corto. Recordé las palabras que me había dicho una vez una buena amiga: “para que a una chica le quede bien el pelo corto tiene que ser muy guapa”. Lo cierto es que a Natalia le quedaba de vicio el pelo corto, lo que indicaba que era guapa. Además, las miradas, insistentes en ocasiones, que le dedicaban los chicos del bar parecían estar de acuerdo con mi diagnóstico.

Inicio de la partida: Fase de apertura

Después de saludarnos hablamos un poco, pero a los pocos minutos pedimos el tablero y las fichas, decididos a comenzar nuestra particular batalla. Sugerí que en la parte de arriba del bar estaríamos más tranquilos. En efecto, arriba no había nadie. La diez o doce mesas de la parte alta del bar estaban vacías a esa hora. Nada más subir estaban las dos puertas de los servicios. Elegimos una mesa bien iluminada, al lado de la ventana, e iniciamos los preparativos de la partida. Ella sorteó los colores y a mí me tocaron las blancas. La chica se me antojaba atrevida y alegre, pero esperaba que la partida me diera pistas más fiables sobre su personalidad. Una partida de ajedrez, lo mismo que una de mus, pueden permitir desnudar al adversario sin que éste se dé cuenta. Se puede ver hasta que punto alguien es prudente o arriesgado, cerebral o impulsivo, optimista o pesimista. Realicé una apertura de lo más convencional y tras las primeras jugadas ya pude ver que la chica dominaba el tema, porque seguía variantes de libro. Jugábamos pausadamente, sin prisa, reflexionando las jugadas. Ella apoyaba los brazos en el borde de la mesa, fijaba su vista en el tablero y movía ligeramente sus negras y finas cejas. A la media hora de juego, con la partida totalmente indecisa, propuse bajar a por algo de beber, pero ella dijo: “tú pagaste los cafés, ahora me toca bajar a mí. No hagas trampas ¿eh?”. Se levantó de la silla y se encaminó a las escaleras. Su culo, bien marcado por los pantaloncitos ajustados, era espléndido. Al poco volvió con dos jarras de cerveza en la mano, miró el tablero y dijo:

- Bien, ya veo que has movido el caballo.

- Efectivamente - respondí, antes de beber -. Te toca a ti, encanto.

Sonrió y tras reflexionar unos segundos hizo un arriesgado sacrificio de pieza. Después condujo el ataque con una total precisión. Me defendí lo mejor que pude, pero al cabo de veinte minutos, con mi rey acorralado por sus torres y con un peón en la séptima fila, no tuve otro remedio que inclinar el rey, abandonando. En medio de la sorpresa acerté a decir:

- Tu ganas. Un ataque excelente.

- Se me dan bien las combinaciones arriesgadas. ¿Revancha? - dijo ella.

- Por supuesto. Ahora me tocan a mí las negras - acepté.

- No te vayas a mosquear conmigo por esto - dijo acariciándome la mejilla -. No eres el primer chico al que gano.

- Sería incapaz de mosquearme contigo - contesté sonriendo.

Pero lo cierto es que el repaso que me había dado no me había sentado demasiado bien. Colocamos las piezas sobre el tablero y empezamos a jugar. Con las negras decidí ser muy prudente (en realidad, ese es mi carácter) y me atuve a la más estricta contención. Al rato propuse tomar algo y ella contestó:

- A la hora que es un cubata no vendría mal.

- De acuerdo. Vodka con naranja ¿no? - añadí.

- Veo que aún te acuerdas. Tú tomas whisky con coca-cola - dijo ella con seguridad.

- En efecto - y me dirigí a las escaleras.

Una vez en la barra pedí las bebidas y la jefa del bar, una mujer muy simpática de unos 45 años, me comento:

- Una chica muy guapa. ¿Qué tal va la partida?.

- La tengo en el bote - contesté -. Vamos en la segunda partida, porque en la primera me ha dado una buena paliza.

- Que no se te escape - contestó ella riendo.

Eso esperaba yo: que no se me escapase viva de ningún modo. Cuando subí con los cubatas ella me dedicó una sonrisa agradecida. Seguimos jugando y yo esperaba su fallo. Al final lo cometió, precipitándose en un avance de peones. No vacilé en el contraataque y acabé ganando la partida. En ese momento ella me felicitó y volvió a colocar las piezas tal y como estaban antes de su audaz movimiento de peones. Pensó unos minutos, mientras yo la observaba, y dijo:

- Una jugada demasiado atrevida. Debí ser más pausada, pero la verdad es que siempre he sido algo acelerada ¿No te parece?.

- La verdad es que me pareces una chica adorable - contesté.

- Permíteme una última jugada audaz: ¿por qué no me invitas a tu casa y me conoces un poco más? - preguntó ella, fijando la mirada en mis ojos.

- Por supuesto que sí. Además tenemos una conversación pendiente desde hace unas cuantas semanas - respondí sin parpadear.

En un momento bajamos los vasos vacíos y el ajedrez, nos despedimos de la jefa (que me guiñó un ojo cuando Natalia no miraba) y salimos de allí. Eran las ocho pasadas y ya empezaba a oscurecer. De camino a casa compramos unos bocatas de no sé qué y un par de latas de cerveza.

Medio juego: Táctica y estrategia

Ahora la cosa se ponía interesante. Yo esperaba algo pausado, en el que las cosas fuesen ocurriendo poco a poco. En fin, que yo pensaba que el asunto iba a ser como dar un paseo por la playa y que las olas acariciasen con suavidad mis tobillos, pero Natalia era peor que un maremoto. Apenas tuve tiempo de cerrar la puerta y de posar la bolsa de los bocadillos, ya que ella se lanzó a mi cuello como si tratase de chuparme la sangre urgentemente. Desde luego, nunca había estado con una chica tan ardiente. Besó mis labios, mi cara y mi cuello, para luego empezar a quitar los botones de la camisa. A medida que la iba abriendo, su boca se aplicó a mi pecho y pude notar sus suaves labios y su cálida lengua sobre la piel. Cuando acabó con la camisa su boca buscó mis tetillas. Las lamió despacio, para después mordisquearlas con suavidad. Estuve tentado de pedir una tregua para sentarnos en algún sitio, ya que las piernas casi no me sujetaban, pero, al igual que sucede en una partida de ajedrez, no cabe pedir tiempos muertos: la batalla debía seguir en toda su intensidad. Y vaya si tenía intensidad. La lengua de ella bajó serpenteando por mi estómago, hasta llegar justo donde empezaban mis vaqueros. Agachada, empezó a desabrochar los cuatro botones, uno tras otro, con implacable precisión. Deslizó los pantalones por las piernas, quitó mis zapatos y me dejó en calzoncillos, sin que yo ni pudiese ni quisiese reaccionar. De un empujón en el pecho me tiró sobre la cama, se lanzó a por mí y me quitó los calzoncillos. A la vista de todo exclamó:

- Vaya, vaya. Tienes un cuerpo que no tiene desperdicio. Creo que lo voy a pasar muy bien.

- Anda, quítate la ropa, que seguro que tú también estas para mojar pan - dije yo.

- No hay problema. Observa y disfruta - fue su respuesta.

Ella seguía totalmente vestida, con sus sandalias, su camiseta blanca y sus pantaloncitos. Se dirigió a la cadena de música, puso un CD y esperó unos segundos. Cuando empezó a sonar el Sultans of Swing de Dire Straits, ella empezó a bailar. Tenía una marcha increíble. Lo primero que cayeron fueron las sandalias. Después se quitó, sin dejar de bailar, la camiseta, permitiéndome ver un sujetador blanco y pequeño, muy ceñido a sus tetas. Entre tanto yo, desnudo por completo y con la polla a punto, observaba tranquilamente, sentado en la cama. Desabrochó sus vaqueros cortísimos y se los bajo dándome la espalda. Llevaba una tanga blanca que apenas alcanzaba a cubrir su sexo, dejando al descubierto su precioso culito. Finalmente, hacia la mitad de la canción, desabrochó el sujetador y lo arrojó por los aires. Se colocó delante de mí y dijo:

- Termina tú.

Besé su estómago plano y bajé despacio su tanguita. Entonces pude apreciar bien su cuerpo. Su piel era oscura y no había marcas blancas en ella. Era de un precioso color marrón y de una suavidad deliciosa. Sus pechos bien desarrollados, su cintura y sus caderas guardaban las proporciones correctas y su coño estaba totalmente depilado. En ese momento su rostro mostraba una expresión satisfecha, casi de placer al mostrarse desnuda. Mientras besaba sus muslos dije:

- Hay que ver que morenita y que rica estás.

- Tomo el sol desnuda - respondió, anticipándose a mi posible pregunta -. No me gustan las marcas del bikini.

Pero yo ya no prestaba atención a semejantes detalles, sino que acerqué la lengua a su coño y di un lametón sobre esa deliciosa almejita. Ella suspiró y abrió sus piernas esculturales, permitiéndome meter la lengua un poco más adentro. Estaba mojada y el sabor de sus líquidos era delicioso. Chupé toda su rajita, de abajo a arriba, y después puse la lengua sobre su tieso clítoris. Noté que sus nalgas temblaban, ya que mis manos las sujetaban con firmeza. En ese momento se abalanzó sobre mí y me besó con fuerza en la boca. Llevó una de sus manos a mi polla y la agarró de un preciso movimiento, empezando a menearla a continuación. Yo disfrutaba con aquello y más aún cuando ella acercó provocativamente sus pezones negros a mi boca. Los chupé despacio, notando que eran duros y a la vez suaves. Cuando mis labios los apretaban parecían un bocado firme, cuando mi lengua los lamía parecían suaves. Nuestros gemidos se confundían y se superponían. Mientras mi lengua jugueteaba con sus pezones, pasé una mano por su coño y ella me lo agradeció con un gemido intenso y con un apretón en la polla. Metí un dedo en aquella jugosa almeja y ella, con la voz entrecortada, sugirió:

- Ya veo que te gusta mi conejo. ¿Por qué no me lo comes un poco?.

- Al momento - contesté.

Agazapado entre sus piernas traté de complacerla. Reconozco que nunca he comido un coño como el de ella. Sus labios depilados eran suaves y sensibles. Estaba empapada de jugos, cuyo sabor y aroma tenían una intensidad especial. Lamí hasta el fondo, hice vibrar la lengua sobre su clítoris y saboreé todos sus fluidos. Ella gemía, se retorcía y se acariciaba los pezones. Cuando introduje uno de mis dedos en su sexo y seguí lamiendo su maravilloso clítoris, ella tembló y supe que había tenido un bonito orgasmo. Continué chupando un poco más, para aprovechar la gran cantidad de deliciosos jugos que resbalaban por su coño, pero ella me acabó por interrumpir, diciendo:

- Ahora me toca a mí. Ya verás que mamada tan rica te voy a hacer.

Dicho y hecho. Me senté en la cama y ella, arrodillada en el suelo, masajeaba mi polla erecta suavemente. En un momento dado noté su aliento y después su saliva. La verdad es que lo hacía como una diosa. Su boca era cálida y su lengua juguetona. Acariciaba mis testículos con habilidad y yo estaba en la gloria. Solo fui capaz de jadear y de disfrutar e hice un movimiento para apartar el pelo de su cara, pero no era necesario, ya que su corto pelo negro no tapaba nada. Siguió así un rato, metiendo mi polla entera en la boca, hasta la garganta. Al cabo de unos cinco minutos (más o menos, ya que no estaba yo para cronometrar nada) noté que el placer iba aumentando demasiado, por lo que dije:

- Lamento interrumpir cariño, pero si sigues así la cosa va a acabar demasiado pronto.

- Tranquilo, que la tarde es joven. Ya me follarás dentro de un rato, pero ahora quiero que te corras y disfrutes - dijo ella, en un tono que no admitía discusión.

Tampoco yo pensaba discutir nada en esa situación, por lo que me relajé un poco más y sentí como un enorme gusto se apoderaba de todo mi cuerpo. Grité por última vez y el orgasmo sacudió mi cuerpo, eyaculando toda mi virilidad en su boca. Ella no paró de chupar mi abultado capullo y no sacó la polla de la boca hasta que no quedó ni una gota. Se lo tragó todo, excepto unas pocas gotas que resbalaron por sus labios hasta la barbilla.

- ¡Me encanta recibir una buena lechada en la boca! Ummmm, es fantástico - dijo, cuando hubo terminado.

Yo seguía sentado acariciando su corto y suave pelo negro. Natalia se limpió los labios y se tumbó a mi lado, besándome en la boca. Su lengua conservaba un sabor extraño, con toda seguridad el de mi semen. Abracé su oscuro y delicioso cuerpo y cerré los ojos. Ella acariciaba mis hombros y espalda, al tiempo que decía:

- Pues esto no ha sido más que el principio. Ya verás dentro de un rato.

Si esto no había sido más que el aperitivo, podía imaginarme lo que iba a ser el plato fuerte. Decidí descansar para estar en buena forma para tan exquisita comida.

Final de partida

Al cabo de una media hora noté que Natalia se movía. Al momento sentí un cosquilleo en la polla, provocado por las suaves caricias de sus dedos. La meneó con suavidad, hasta hacer que se volviera a poner dura. Yo, aún medio adormilado, disfrutaba de aquel juego, pero ella me hizo dar un salto cuando pellizcó con fuerza mis tetillas y dijo en voz alta:

- Se acabó el descanso, perezoso. Tenemos cosas que hacer.

Ella tomó rápidamente la iniciativa y empezó a chuparme la polla, colocándose entre mis piernas. Su abundante saliva cubrió mi capullo y sus labios se cerraron sobre él, bajando cada vez más. Su lengua relamía mi pene, produciéndome una deliciosa sensación. Cuando ella consideró que la cosa ya estaba a tono preguntó:

- ¿Dónde tienes los condones?.

- Aquí - contesté, abriendo un cajón que tenía al alcance de la mano.

Ella cogió la caja, sacó uno del envoltorio y lo colocó sobre mi polla, con movimientos precisos. Mientras ella se afanaba en una perfecta colocación, pude preguntar:

- ¿No quieres que te haga alguna cosita?

- No - respondió ella de forma categórica -, solo quiero que me folles.

- Tus deseos son órdenes para mí, preciosa - contesté, incorporándome en la cama.

Si quería que la follase, la iba a follar todo lo mejor que supiese. Al igual que en la partida de ajedrez, la buena de Natalia había comenzado atacando, pero yo aún podía contraatacar con energía. Así que cogí su cuerpo, lo levanté en vilo y coloqué a esa preciosidad a cuatro patas sobre la cama. Ella esbozó una ligera expresión de sorpresa, al verme actuar de modo tan contundente. Agarré sus oscuras nalgas con ambas manos y dije:

- Está bien, si quieres que te folle, prepárate, porque allá voy.

Y sin más que añadir empecé a meter la polla en aquel delicioso coñito depilado. Ella gimió al primer envite. Sonó como un suave y prolongado quejido, que se convirtió en un pequeño grito cuando yo empujé por segunda vez, metiéndosela ya entera, tanto que mis huevos rozaban contra sus nalgas. Seguí con una serie de envites lentos, al tiempo que arañaba ligeramente sus nalgas. Ella empezó a aullar de placer y yo dije:

- ¿Te gusta que te folle así?

- Ahhh, sí, sí. Me gusta muchoooo.

La follé así unos minutos más, apretando un poco sus pezones que colgaban. Sus jadeos se fueron incrementando, en frecuencia y volumen, y al poco escuché su expresión ¡Ooohhh!, que junto con algunos temblores indicaban que había sucumbido al orgasmo. Saqué la polla de su mojado coño, para follarla en otra postura. Estaba yo dispuesto a que ella probara todo mi repertorio de juego. Coloqué a Natalia tumbada boca arriba y me preparé para follarla de nuevo. Ella no me quitó la idea, sino que dijo:

- Fóllame más, que me gusta como lo haces.

Obedecí, pero estaba seguro que, aunque ella me hubiese dicho que parase, hubiera seguido jodiéndola de todos modos. Volví a metérsela, atravesando la elástica carne de su coño de un solo movimiento. Ella movía sus piernas y caderas, haciendo que mis folladas fueran profundas y prolongadas, y aprovechando así para frotar su excitadísimo clítoris contra mi pelvis. La follé así un buen rato, al tiempo que acariciaba sus pezones y frotaba mi lengua contra la suya. Me moví un poco más rápido, pero ella abrazó mi cuerpo con sus piernas y se la clavó del todo, diciendo:

- ¡Ayyyy, ya! Me voy a correr otra vez.

Noté como balanceó un poco sus caderas hacia los lados, para acto seguido correrse entre gritos de placer. Quedó como muerta, con los ojos cerrados y los brazos y piernas inertes. Dejé de follarla y ella cogió mi polla, a través del condón mojado, con la mano y dijo con voz apenas audible:

- Que orgasmos más ricos he tenido. Y tú aún no te has corrido, eres un superdotado, pero te mereces acabar.

Quitó el condón y meneó la dura polla con habilidad. Cuando vio que me iba a correr, se la metió en la boca y succionó con fuerza hacia dentro. La sensación fue fenomenal. Me corrí y derramé todo en su boca, notando como la chupada de ella arrastraba todo mi semen hacia su garganta. Después sacó mi polla de la boca y recogió con la lengua extendida las últimas gotas de esperma. Finalmente pasó el capullo por los labios, los cuales quedaron manchados por mi semen. Podía oír sus ruidosos lametones y chupetazos. Después de limpiarse de nuevo los labios, ella se tumbó sobre mi pecho y dijo:

- No ha estado nada mal ¿eh?

- Ha estado perfecto, cariño - contesté.

- Hacía tiempo que no había tenido unos orgasmos como los de hoy - dijo ella sonriendo -, han sido fenomenales.

No contesté, pero acaricié su pelo cortito, suave como el terciopelo. Desde luego había que reconocer que la partida de ajedrez había dado mucho de sí.

Jaque Mate

Como teníamos hambre decidimos dar buena cuenta de los bocatas. Ella se puso las braguitas y una camiseta verde que encontró en mi armario. Estaba preciosa, con aquella camiseta veraniega que llegaba exactamente hasta sus caderas. Yo me puse otra camiseta (azul, en este caso) y un pantalón de chándal. Nos sentamos en la cocina, pusimos la tele, sacamos los bocatas y las cervezas y comimos con verdadero apetito. Cuando acabamos ella recogió un poco la mesa y yo preparé café, que tomamos en el sofá del salón, junto con un vasito de whisky. A eso de las doce y media estaba claro que a los dos se nos cerraban los ojos, por lo que ella propuso:

- Me muero de sueño y no tengo fuerzas para irme a casa. ¿Me invitas a quedarme a dormir?.

- Eso no hace falta que ni lo preguntes. Vamos a la cama.

Nos quitamos las camisetas y, ella en braguitas y yo en calzoncillos, nos cubrimos con el edredón y dormimos abrazados. Dormí profundamente, notando el cálido roce de su piel. Desperté a eso de las siete de la mañana, notando en mi pecho la respiración de Natalia. Su cuerpo estaba calentito y desprendía un olor embriagador. Su piel era suave y su carne firme. Los dos estábamos medio dormidos, pero empezamos a acariciarnos. La persiana no estaba bajada del todo y se filtraba una débil luz, que permitía que nos viésemos un poco. A las caricias continuaron los besos, primero ligeros y luego ardientes y húmedos. No recuerdo si fue por efecto de sus caricias o si la cosa ya venía de atrás, pero lo cierto es que tenía la polla durísima. Ella se puso encima de mí y apoyó su coño sobre ella, diciendo:

- Ummmm, veo que estás siempre a punto para complacer a una chica.

Y empezó a mover sus caderas, frotando su coño contra mi polla. Suspiró con fuerza cuando empecé a chupar sus pezones, que empezaban a ponerse duros. Ella acabó de apartar el edredón que nos cubría. Empujó mi cara hasta que quedé tumbado y se colocó bien sobre mi pene erecto. Estaba arrodillada y yo aproveché para colocar las manos en sus tetas, amasándolas con suavidad. Ella gemía y cabalgaba con habilidad, apoyando las manos sobre mi pecho. En un momento dado se apartó y se quitó la tanga. Arrojó la diminuta prenda sobre mi cara y pude apreciar la humedad que tenía. Aspiré su aroma, junto en el momento en que noté que ella tiraba con fuerza de mis calzoncillos, dejándome desnudo. Sentí su lengua deslizarse por mis testículos. Ambos acabaron dentro de su boca, primero uno y luego el otro. Los trató con una delicadeza exquisita, para no hacerme daño, lo cual me hizo disfrutar muchísimo. Después me la chupó, con una habilidad que no sé si atribuir a su talento natural o a una larga experiencia de chupapollas. De nuevo su lengua se recreó sobre mi glande. Sus labios se cerraron sobre mi pene y noté un ligero roce de sus dientes. Su mano acariciaba mis cojones y meneaba ligeramente mi polla por la base. Cuando paró de chupármela intenté acercar mis manos a su coño, pero ella lo impidió. Coloco otro condón en mi polla tiesa y se sentó sobre ella.

- Prefiero que me folles ahora, sin calentarme más. Me gusta más correrme con una buena polla dentro.

- Como gustes - contesté.

Y empezó a mover las caderas, con un lento y torturante movimiento de bombeo sobre mi polla. Cuando la tenía bien clavada me incorporé un poco y abracé su cuerpo, chupando las tetas con lujuria. Volví a tumbarme y ella siguió cabalgando sobre mi polla. Ahora echó su cuerpo a tras, apoyando las manos en mis muslos. Suspiraba y gemía, acompasando sonidos y movimientos. Unos minutos después, mientras yo disfrutaba de su extraordinario tratamiento, ella soltó un grito ahogado, seguido de varios jadeos, lo cual indicaba que se había corrido. Pero siguió follándome como si nada, si bien ahora se movía algo más rápido. Se clavó totalmente sobre mi polla y se frotó con fuerza. Ella pellizcó mis pezones, en lo que me pareció una clara invitación a que yo pellizcase los suyos, tan duros y suaves como antes. Ella siguió gimiendo, cada vez más alto y más rápido. Pudo decir:

- Aaahhhh, me encanta follar en esta postura. Creo que me voy a correr otra vez.

A los pocos segundos tuvo otro orgasmo intenso, a juzgar por sus gritos y por el temblor que sacudió su cuerpo.

- ¡Qué placer! Ohhhh, me muero de gusto, vas a matarme a polvos - dijo ella, mientras se corría.

Cambió de postura, pero por lo visto tenía ganas de que la siguiera jodiendo. Se arrodilló en la cama, ofreciéndome su coño abierto y su culito, al tiempo que decía con voz casi militar:

- Vamos, sigue follándome, que me encanta esa polla tan juguetona que tienes.

- Será un placer seguir metiéndotela, preciosa - contesté.

Me arrodillé detrás de ella y empecé a penetrarla. De su boca salió un largo jadeo. Justo entonces, cuando se la metía por segunda vez, decidí que Natalia era mi ideal de chica: alguien que lo hacía bien todo y que tenía un apetito sexual casi insaciable. Agarré sus nalgas y pasé el dedo pulgar por su diminuto ano. Estaba algo rugoso, pero su tacto era exquisito. A la chica no debió disgustarle mucho esto, porque al momento dijo:

- ¡Ay, sí! Méteme un dedo por el culo, por favor.

- Sin problemas - contesté.

Metí en la boca el dedo índice y lo empapé con saliva. Mojé su ano y empecé a tantear la entrada. Al principio se resistió un poco, pero cuando apliqué algo más de saliva y apreté con firmeza, su agujero comenzó a abrirse. Sin dejar de follar su chochito logré introducir la primera falange, notando la deliciosa presión que su músculo ejercía sobre mi dedo. Ella chilló, lo cual me hizo dudar un poco, porque la verdad es que no quería hacerle daño. Detuve el dedo, pero ella me animó a seguir:

- Sigue, por favor, mételo más - suplicó.

Seguí introduciendo el dedo con cuidado, hasta que entró del todo. Ella emitió una especie de quejido, pero estaba claro que no era de dolor, sino de todo lo contrario. Moví la punta del dedo con suavidad y rocé sus entrañas. Todo lo anterior mientras seguía follando su chochito. Natalia movió las caderas, chilló y con un profundo suspiro acabo corriéndose. Yo tampoco pude resistir mucho más. Saqué la polla de su coño, quité el condón como pude, me apliqué un par de meneos y me corrí abundantemente sobre sus tetas y sobre su carita de placer. Me derrumbé sobre la cama y pude ver como su lengua relamía los restos de semen que había en sus labios. Al rato ella limpió los restos de semen de su cuerpo y nos abrazamos para dormir un poco más. A fin de cuentas era muy temprano y era sábado por la mañana. No había prisa. Nos levantamos pasadas las doce y media. Los dos estábamos sudando, así que nos dimos una buena ducha juntos, en la que disfruté enjabonando su placentero cuerpo.

Partida aplazada

Después preparé un buen desayuno: café con leche, cereales, magdalenas y bollitos, galletas de fibra y zumo de naranja. No dejamos nada, pues era evidente que ambos estábamos hambrientos. El desgaste físico que llevábamos encima era notable, por lo que había que reponer fuerzas. Al acabar el desayuno, decidí realizar una jugada atrevida, aunque a mí no me lo pareció tanto:

- Podríamos quedar otro día. Para jugar al ajedrez, ya sabes - dije.

- De momento no va a poder ser - contestó ella.

Su voz tenía una entonación neutra, por lo que no pude adivinar a qué venía eso. Como ella percibió un gesto de sorpresa en mi cara, siguió diciendo:

- Verás, mañana me incorporo al ejército profesional. Me voy a Badajoz para hacer la instrucción y voy a estar allí tres meses, hasta la jura de bandera. Si no me destinan muy lejos, te llamaré cuando vuelva por aquí.

- De acuerdo. No tengo problema en esperarte. Mientras podré jugar al ajedrez con el ordenador - repliqué.

- Eso para el ajedrez. ¿Y para lo demás también esperarás? - preguntó con picardía.

- Seguro que esperaré. En realidad cada vez tengo menos éxito con las chicas - contesté sonriendo -. Solo espero que te lleves un buen recuerdo de tu último día como civil.

- Me llevo el mejor recuerdo del mejor chico - respondió.

Se fue diez minutos después e insistió en que no la acompañase. Esa tarde prepararía el equipaje y a las once y media de la noche tomaba el tren para Badajoz, a fin de incorporarse el domingo por la mañana a la tropa. Cuando se fue me quedé un rato pensativo. La buena de Natalia me la había hecho buena. No tenía otro remedio que esperarla, ya que a partir de ahora cualquier chica me iba a parecer aburrida, en comparación con el vendaval que había pasado por mi cama. Además, no conocía chicas guapas que jugasen al ajedrez. Cualquier candidata saldría perdiendo en la comparación con Natalia. ¿O tal vez no?.


 
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Mini manual de sexo anal femenino
Estos son los pasos más sencillos para disfrutarlo.

Educar el ano para ser follado es un proceso largo y que con varios pasos.
No tiene nada que ver con lo que se ve en las películas pornos en las que la
polla entra hasta los huevos en el primer golpe.

Lo primero es cuidar la higiene para no encontrarse con resto desagradables.
Así que antes de empezar los ejercicios hay que ponerse un enema para vaciar
los intestinos. También se puede usar la manguerita de la ducha.

Desenroscando la alcachofa de la ducha, se lubrica el final de la manguera
con gel y lo introduces suavemente en tu ano. Usa tu dedo para abrir el
agujero previamente y juguetear para que se vaya acostumbrando. Solo hace
falta meter la manguera un par de centímetros y aguántala con la mano
mientras abres los grifos procurando que el agua este templada. Notaras como
el agua va entrando en tu interior hasta que sientas el vientre tenso,
entonces retira la manguera para que salga. El agua saldrá sucia y es
necesario repetir el proceso para que quedo todo limpio, veras como a la
tercera o cuarta vez saldrá limpia, entonces lávate bien el culo con gel
perfumado para eliminar cualquier olor y ya estarás preparada para comenzar.

Es necesario darle elasticidad a los músculos del ano. En los sex-shop
puedes encontrar un juego de consoladores especiales que van aumentando de
grosor, desde algo así como un lápiz a cosas realmente gruesas. También
puedes usar un poco de bricolaje sexual, y convertir unas cuantas verduras
en tu Kit personal de iniciación anal.

Vale, ahora en serio. Las zanahorias dan muy buen resultado, porque puedes
encontrarla de todos los tamaños y son lo bastante duras para que no se
rompan en el pero momento. Solamente hay que lavarlas bien y ponerles un
condón.

Siempre hay que usar lubricante, y su elección en muy importante. Si usas
aceite corporal, glicerina u otro lubricante con base de petróleo al día
siguiente la mucosa anal estará completamente irritada y habrás conseguido
pasarte un par de día rascándote el culo. Usar comida como mantequilla o
yogur deja mucho que desear. En las farmacias y los sex-shop venden cremas
especiales que además de lubricar dilatan el ano. Pero para las vergonzosas
siempre queda la crema de manos que da un resultado perfecto.

El primer día usa solo tus dedos para explorar los limites de tu ano.

Tiéndete boca arriba en la cama y comienza a hacerte una rica paja, cuando
estés bien excitada usa una mano para comenzar a tocar tu ano mientras la
otra no deja de tocar tu lindo clítoris. Recuerda untar tu dedos con
lubricante y has círculos sobre el ano con la punta de los dedos,
inmediatamente notaras lo sensible que es. Hazlo todo el tiempo que quieras
hasta que te apetezca comenzar a metertelo. Descubrirás que es más fácil de
lo imaginabas. La lavativa, la excitación y el masaje habrán facilitado
tanto las cosas que prácticamente el ano se abrirá solo para tragarse el
dedo.

¿Qué tal? ¿Es delicioso, verdad? Vamos sigue jugando con tu coño mientras
comienzasa mover el dedo, no te limites a meterlo y sacarlo. Combínalo con
momentos circulares que te ayudaran a abrir más el ano. Tómatelo con calma y
cuando te sientas preparada coge un poco más de lubricante e inténtalo con
dos dedos a la vez.

Ahora sentirás el ano tensado y el primer día no conviene intentar nada más,
así que masturba a la vez tu culo y tu coño hasta alcanzar un el placer,
disfruta del orgasmo con tu ano bien abierto.

En los días siguientes repite todos los pasos y ve probando con los
juguetes, aumentando poco a poco el tamaño. No seas egoísta e incluye en
estos ejercicios a tu pareja, además de ayudarte seguro que los disfrutara
tanto como tu. A medida que tu ano se vaya acostumbrando iras experimentado
nuevas sensaciones pero ninguna tan increíble como la de recibir una verga
autentica.

Normalmente con una semana y media de ejercicios ya estarás preparada, pero
solo tus sabras mejor que nadie cuando ha llegado el momento. Entonces debes
preparar todos los detalles con mucho cuidado. Pon especial interés en la
lavativa y deja la crema hidratante sobre la mesilla de noche, por lo que
pueda pasar.

Ahora es responsabilidad del hombre preparar tu culo para ser penetrado, en
medio de todas las caricias previas, debe ir prestando cada vez más atención
al ano, hasta terminar haciéndote un delicioso beso negro o follandote con
los dedos mientras te unta bien de crema y que así te vayas dilatando.

El sexo anal se puede practicar en casi las mismas posturas que el vaginal,
claro que hay posturas en las que resulta más facil, como la clásica a
cuatro patas, o la del cañón. Pero para las primeras veces recomiendo que la
mujer este sobre el hombre, bien agarrada a la cabecera de la cama o apoyada
sobre el pecho del hombre. Así podrás dejarte caer sobre la polla, de esa
manera tu misma te iras clavando a tu gusto.

Los hombre también necesitan preparativos. Comienza haciéndole una mamado
par oponerlo a punto y luego date el gustazo del untarle la crema por todo
lo largo.

Debe haber bastante lubricante en tu culo y en su polla, pero si hay en
exceso todo se volverá demasiado resbaladizo y en vez de ayudar solo servirá
para complicar las cosas.

Recomiendo envolver con una toalla la base de la polla, sobretodo si es lo
bastante grande para merecer ese nombre. Una toalla de bidet será la más
adecuada. Enróllala y luego has un rodete alrededor de la polla.

Esto servirá como tope para que las primeras penetraciones no sean demasiado
profundas, cuando tu culo se haya acostumbrado al tamaño de la verga, podrás
quitar la toalla y disfrutarla a todo lo largo.

Controla la penetración en todo momento, agarra bien la polla y llévala tu
misma hasta la entrada, y sigue agarrandola durante las primeras embestidas
para evitar que se salga por accidente, además para los hombre es una
sensación muy agradable pentrarte y que a la vez lo masturbes con la mano,
de esa manera toda su polla disfruta aunque solo tengas dentro la punta. Usa
un ritmo lento y al princio parate a meno para dejar que el ano se
acostumbre y aprovecha para poner más lubricante. Las prisas y las
bravuconadas solo sirven para prococar dolor y desgarros anales. Con
paciencia te la clavaran hasta los huevos y aun pedirás más.

© Vudu blanco





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durante un segundo enviamos un mensaje. Como el primer contacto es visual,
es muy importante que estos mensajes sean positivos.

Este contacto visual debe ir acompañado por una sonrisa amable. La mirada no
puede ser breve. Tampoco podemos permitir que las miradas largas duren
demasiado.

El contacto visual deberá mantenerse el tiempo que necesitamos para
pronunciar esta frase: “Hola. Te he visto”

Los buenos ligones sólo miran a los ojos. ¿Por qué?

* Ser analizada de arriba abajo, provoca que una mujer se sienta menos
persona.
* Unos pechos, un trasero, pueden llamar tu atención pero no pueden mantener
una conversación contigo.

Aprenderos bien este primer paso porque esta es la principal arma de los
buenos seductores.

# Las señales

De ella

La sonrisa: la sonrisa de ella será cálida y te hará sentir a gusto.

Miradas cortas y repetitivas: esto significa que tú le interesas.Cuando ella
te mire, sonríe.

La mirada fija: Si ella sostiene su mirada mientras habla contigo, quiere
transmitirte que le gusta lo que oye… y lo que ve.

Sacudir el pelo, mover suavemente la cabeza y humedecer los labios.Te
encuentra atractivo y espera que te sientas intrigado por ella.

El susurro y la inclinación. Si ella se inclina hacia ti durante la
conversación, o si te susurra para inducir a que te inclines hacia ella, te
está invitando a compartir su espacio natural. Acércate a ella pero no
realices movimientos físicos evidentes. El roce es un tema espinoso para
muchas mujeres.

De el

Es más difícil en los hombres que en las mujeres. Esto se debe a que son las
mujeres las que inician la comunicación no verbal.

Apretarse el nudo de la corbata o ponerse bien las solapas.

Elevar las cejas.Si quieres saber como piensa un hombre, mira sus cejas. Si
están relajadas, no eres de su agrado. Si tiene los ojos abiertos y las
cejas alzadas, le has cogido por sorpresa… y estará realmente contento con
ello.

Ofrecer el brazo. Un hombre que ofrece su brazo, no quiere perderte de entre
los demás asistentes del acto social. También es un hombre que desea que los
otros candidatos interesados, sepan que él cuida de ti, y que no disponen de
ninguna posibilidad.

# La autoconfianza

No tengas miedo a que el primer paso haga que parezca desesperado o
sexualmente agresivo.

No tengas miedo a que no te encuentre atractivo.

No tengas miedo a decir algo estúpido.

No tengas miedo a ser rechazado o que la persona con la que estás ligando no
sea tu tipo. Mujeres y hombres atractivos son rechazados cada día, y no por
que haya algo que no está bien en ellos, sino por culpa de los prejuicios de
la otra persona. Si se aparta de ti porque le recuerdas a alguien, es su
problema, no el tuyo. Y si deja pasar una oportunidad de entablar una
conversación, simplemente excúsate y ve a terrenos más fértiles. Sus razones
para ignorarte pueden decir más sobre sus problemas que sobre los tuyos.

¡El rechazo es un favor!

Cierto, los rechazos duelen, pero te evitan la agonía de pasar un solo
segundo más en la dudosa compañía de la persona equivocada. Y te ofrecen la
oportunidad de continuar tu vida y de seguir ligando.

Por último. No arriesgar, es perder oportunidades. Esto no quiere decir
“tirarse a la piscina”, sino valorar estratégicamente las posibilidades y
atacar por el flanco.

# Despues de saludar

Haz preguntas que exigan respuestas abiertas.

Descubre de qué le gusta hablar: ¿De sus hobbies? ¿De su trabajo? ¿De la
amistad? ¿Del amor? Y háblale de lo que a él/ella le gusta, no de lo que te
gusta a ti. A él/ella no le importa si has estado de compras, en el fútbol,


Céntrate en las áreas que manifiestan un interés común: crearás un vínculo
instantáneo.

Si olvidastes el nombre de la otra persona, recuérdale lo mucho que te
gusta/gustó su conversación diciéndole:

- “¡No me puedo creer que no recuerde tu nombre!”.

No acabes las frase de alguien. Interrumpir a alguien es desagradable y
aniquila la posibilidad de descubrir lo que realmente piensa y sienta quien
habla.

Describe tu profesión de modo que resulte interesante a los demás.

Si estás hablando con alguien que ya conoces, haz referencias a vuestra
conversación anterior. Así sabrá que valoras sus opiniones.

Si tus sentimientos sobre un determinado tema no se pueden expicar en unas
pocas frases, olvídalo. La afirmación breve de una opinión siempre resulta
más interesante, mientras que si te extiendes parece que estarás impartiendo
una clase.

No centres demasiado la conversación en tu propia vida. Si empiezas cada
frase con un “yo”, es poco probable de que acabes utilzando un “nosotros”.

# El lenguaje corporal
A tener en cuenta:

Si te inclinas demasiado hacia la persona que acabas de conocer o invades su
espacio personal, parecerás demasiado agresivo.

Los brazos cruzados son una señal. Puede estar sonriendo pero si mantiene
los brazos cruzados, lo mejor será que te vayas. Estás entrando en terreno
peligroso.

Su posición también te da información. Si se encoge, significa que le estás
aburriendo.

Si se cubre la boca mientras habla o si se toca la nariz despues de afirmar
algo, tu interlocutor puede estar jugando con la verdad. Presta atención.

# Los trucos

Habla, no te cortes.

No escatimes hablar, es lo más importante para cualquier seductor. Sobre
todo, y al principio, no hables de cosas profundas, ni difíciles, excepto
que compruebes que la otra persona es una intelectual sin remedio. No hables
de ti, o hazlo con mucha moderación y sentido del humor.

Sentido del Humor

Hazle reír, el humor es un buen afrodisiaco. Ríete de ti mismo.

Los piropos.

a) Personaliza el piropo. Dile algo hermoso que no pudieras decir a
cualquiera.

b) Los piropos exagerados o que resultan poco sinceros son una proposición
dudosa.¿Mi consejo? Sé honesto.Si no encuentras nada hermoso que decirle, no
le digas nada.

c) Piropea sobre todo aquello que el dinero no pudiera comprar. No adules lo
que lleva puesto una persona; háblale de cómo lo lleva puesto. Ten cuidado
con los comentarios sobre sus joyas o su reloj, ya que puede pensar que
estás mas interesado en su potencial económico que en otros aspectos más
significativos.

Tiempos muertos

Para una seducción en punto muerto, pero que ya promete, recuerda que el
primero de los afrodisiacos menores es el alcohol.

Autocontrol

¡IMPORTANTISIMO! Mantén la cabeza fría (aunque todo lo demás se te
caliente). La situación en que nos hallamos cuando todavía no se han
desarrollado en nuestro ánimo la alegría, el placer, la cólera o la
tristeza, se denomina “centro”. En cuanto empiezan a desarrollarse tales
pasiones sin sobrepasar cierto límite, nos hallamos en un estado denominado
“armónico” o “equilibrado”. El camino recto del universo es el centro, la
armonía es su ley universal y constante.

Hacer ofertas que no se puedan rechazar

Nunca le des la oportunidad de decir no (para que no se mal acostumbre), ve
haciendo las propuestas poco a poco, de forma que no las pueda rechazar.

Ocultar el juego

No enseñes todas las carta de tu baraja de una sola vez.

Suspense

Muestra al principio algo de indiferencia, pero hazte notar (nadie ama lo
que ignora).

Hacerse indispensable

Hazte indispensable y luego quita de golpe todo el interés, cuando menos lo
espere. Tras eso, aplica paulatinamente la regla anterior. “Hacerse
indispensable. Más se saca de la dependencia que de la cortesía; el
satisfecho vuelve inmediatamente la espalda a la fuente. La primera lección
de la experiencia debe ser entretenerla, pero no satisfacerla; así se
conserva la dependencia que los demás tienen; incluso la del Rey.”

Romper el ritmo

Utiliza la técnica del estímulo intermitente: un día dale cuerda y toda la
atención del mundo y al siguiente ninguna, así en forma alterna:
atención-indiferencia. No lleves ritmo en nada de esto. “No obrar siempre
igual. Así se confunde a los demás, especialmente si son competidores. No
hay que obrar siempre de primera intención, pues nos captarán la rutina y se
anticiparán y frustrarán las acciones. Tampoco hay que actuar siempre de
segunda intención, pues entenderán la treta cuando se repita”.

Ser impredecible

Nunca mantengas un comportamiento predecible y siempre amable, tienes que
ser cambiante e impredecible. “Confundir a los contrincantes significa
actuar de tal manera que les impida mantener la mente en calma. Intenta
varias maniobras según la oportunidad del momento, haciendo pensar al
contrincante que ahora vas a hacer esto, después lo otro, y a continuación
algo distinto, hasta que veas que empieza a estar desconcertado, y así ganar
a voluntad”.

Misterio

Emplea cierto misterio (pero no te hagas el misterioso). A todos nos atrae
el misterio, es bueno emplearlo.

Amagar una retirada

Cuando veas que empieza a mostrar interés simula una retirada y finge
indiferencia. Este truco lo suelen emplear también ellas. La ausencia
disminuye las pequeñas pasiones e inflama las grandes, al igual que el
viento apaga una vela y atiza un fuego. M. de la Rochefoucauld.

Paciencia

Sé paciente, aprende a esperar y recoger la cosecha a su tiempo.
Precipitarse puede llevarnos al fracaso. Hay que seguir los ritmos y los
tiempos del amor.

No poner todos los huevos en la misma cesta.

Trabájate por lo menos dos o tres ligues a la vez, por si alguno te falla.
Esto no es muy ético, pero es muy práctico, que le vamos a hacer.

Constancia

No desprecies ninguna ocasión, recuerda que todas las conquistas son horas
vuelo que entran en tu currículum. Con un buen prestigio de seductor, las
conquistas son más fáciles. “Hay que ingeniárselas, por encima de todo, para
que cada una de nuestras acciones nos proporcionen fama de hombres grandes y
de ingenio excelente”.

Ser realista

Más vale conquista en mano que cien proyectos… A lo mejor nos es
inalcanzable la persona de nuestros sueños, pero otra persona de buen ver si
que es posible el seducirla.

No perder el tiempo

Inténtalo en todo momento, en todas partes, con cualquier ocasión. Nunca se
sabe …

Al final; el que la sigue, la consigue

Aplica la estadística: de cada cien intentos por lo menos diez tienen que
ser un éxito. Con el tiempo, subirán los resultados.

Atrevimiento

Sé atrevido: si lo pensaste, hazlo. No le digas: “¿te puedo besar?” ¡Bésala!
¡Mejor arrepentirse de haberlo intentado que nunca haberse atrevido! “Creo
que es mejor ser impetuoso que prudente, porque la fortuna es mujer, y se si
desea dominarla, se puede ver que se deja conquistar por el audaz más que
por aquellos que actúan fríamente.”

Amante y bandido

Es mejor tener cierto punto de sinvergüenza o pícaro que pasar por un tonto.
No ser empalagoso. En relación con las mujeres, tengo que decirte que no
existe ninguna de nosotras que no prefiera un poco de trato áspero a una
excesiva consideración. Ninon de Lenclos, cortesana.

Retirada

Cuando nada te resulte, aprende a perder y a retirarte a tiempo sustituyendo
este contacto con algún nuevo proyecto. “Si puedes ganar la batalla, lucha;
si no, retírate”.

Buscar el punto débil

Toda persona tiene una debilidad, encuéntrala y explótala. La mayoría de
ellas sólo buscan el reconocimiento y el cariño como personas. Exactamente
como tu y como yo, querido/a lector/a. “Encontrar el punto débil de cada
uno: este es el arte de mover las voluntades. Es más una destreza que
determinación. Es saber por dónde se ha de entrar a cada uno. Primero hay
que conocer el carácter, después tocar el punto débil, insistir en él, pues
infaliblemente se quedará sin voluntad”

Para casados/as

Si eres un seductor casado, no recurras al viejo truco de que te llevas mal
con su mujer. El seductor declara que es todo un éxito y su matrimonio
perfecto, pero que ella tiene algo que ninguna tiene. También funciona con
las seductoras casadas.

Un poco de ética

Recuerda que el seductor tiene su ética y ellas un atávico pudor: nunca
cantes a una conquista, ni hagas gala de tus proezas.

Sorpresa

Ten detalles inesperados pero no la agobies con obsequios.

Ser humilde

IMPORTANTE: No presumas de conquistador. Con el tiempo entenderás el por qué
de esta afirmación.

Romanticismo

Aparenta ser moderadamente romántico, pero nunca estúpidamente romántico.
“Un hombre razonablemente enamorado puede actuar como un loco, pero no
debería ni puede actuar como un idiota.” M. de la Rochefoucauld.

Celos

Dale celos de vez en cuando, pero no te excedas.

Anticiparse a la ruptura

Si tienes buenos indicios de que él/ella va a cortar la relación, anticípate
y actúa tú antes.

Recuerda que es la práctica la que hace al maestro y que el secreto del amor
es el misterio. Seducir es mantener cierto misterio, es dejar expectante al
otro. Hay que mantener cierto magnetismo que provoque en la otra persona la
curiosidad por saber más de tí. Es bueno dar al otro información de
nosotros, pero no debemos contarle toda nuestra vida con pelos y señales, ni
estar a su entera disposición siempre. Si cometemos estos errores no le hará
falta irnos descubriendo poco a poco, no despertaremos de esa forma mucho
interés. La gente valora lo que le cuesta obtener, por lo que hay que
mostrarse inaccesible, pero no inalcanzables. En este caso el otro
abandonará el campo de batalla y nos quedaremos solos y con nuestro misterio
por descubrir.

Manual obtenido de “El arte de la seducción”

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Técnicas y posiciones sexuales


La primera vez en el sexo

Posiciones sexuales

Cara a Cara

Sentados

De pie

Ella encima

Él encima

Por detrás

De lado

El coito

Cunnilingus y fellatio


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La primera vez en el sexo
Bueno, esta podría ser la cosa más excitante y atemorizante que un hombre enfrente en su vida - la primera vez que él hace el amor a su novia. ¿Cómo sabe qué hacer? Aquí hay un típico interrogante adolescente::

"Estoy encarando tener sexo la primera vez con mi novia. No tengo idea de qué hacer! ¡SOCORRO!

Todos nosotros hemos encarado este momento con varios grados de temor o confianza, o miedo de hacer el papel del tonto, o sólo estar excitados - ¡quizá tan excitados que acabamos demasiado rápido!

Entonces, ¿qué hace si usted no ha tenido sexo antes, está en una relación amorosa - ok, podrían ser solamente buenos amigos - y ambos están seguros que el momento es el adecuado para moverse? Bueno, primero de todo haga un chequeo mental de las cosas que importan. Aquí hay unas pocas ideas:

¿Están ambos seguros que quieren hacerlo íntegramente? Hay alternativas - masturbación mutua y sexo oral son a menudo tan satisfactorios, por ejemplo. ¿Podrán hacerlo de una manera amable, confortable, en un lugar donde se sientan seguros? ¿Han discutido ambos hacer el amor? El sexo es una actividad íntima, pero la ironía es que mucha gente está a menudo muy avergonzada de discutirlo. Si no puede hablarlo abiertamente, entonces quizá necesite repensar sus planes. ¿Está seguro que no está usando a su chica para obtener aprobación social, y que no va a jactarse de ello después? Tal traición es dura de tomar para una mujer, y una cosa muy baja para hacerle de todos modos. ¿Puede tener sexo legalmente? ¿Le ha prestado atención a los aspectos legales en su país - en otras palabras, tiene la edad mínima legal para tener sexo? ¿Y qué si no? ¿Quiere tener sexo antes de casarse - en otras palabras, hay alguna razón religiosa o familiar por la cual debe abstenerse del coito total? Y, por último - ¿ha pensado en la contraconcepción y en la protección contra enfermedades transmitidas sexualmente?

Entonces, asumamos que ha respondido a todas estas preguntas, y que va a seguir adelante con una de las cosas más gozosas y satisfactorias que dos seres humanos pueden hacer. Ahora necesita saber qué hacer. Bueno, primero de todo no entrar en pánico. Cuando usted está excitado encontrará todos los aspectos físicos y emocionales del sexo venir más naturalmente que como nunca imaginó. La clave, sin embargo, es comunicarse con su chica. Dile que es tu primera vez - habla de ello. ¿Es su primera vez también? Si no, usted es afortunado, porque ella puede ayudarle (p.ej., usted podría decir "No estoy seguro de cómo funciona, ¡pero podríamos divertirnos averiguándolo si tú me muestras qué hacer!") No hay que pretender ser un amante experimentado si no lo es!

No obstante, asumiendo que ambos lo hacen por primera vez, deben hablar sobre eso, y hay algo de responsabilidad sobre usted de ocuparse de ella después. Puede parecer pasado de moda decir esto, pero creo que esta responsabilidad viene del hecho de que es el hombre que tiene menos invertido en sexo emocional y físicamente (si no financieramente.) El hombre, después de todo, no queda embarazado. Tampoco pierde su virginidad del mismo modo irreversible en que lo hace una mujer: La ruptura del himen de la mujer (una fina membrana a través de la abertura vaginal que a menudo se rompe durante la primera experiencia sexual) es un potente símbolo del quite de su "inocencia" por el hombre.

Ahora, ¿qué sobre los aspectos físicos de esto? Cuando se planea intimar, ayuda mucho sentirse cómodos juntos. Presumiblemente, su relación les haya traído una sensación de intimidad, pero siempre se puede mejorar eso gastando tiempo haciendo algo juntos que valga la pena. Pasen una hora en el sofá, mimándose y besándose con emoción, con un poco de caricias y toqueteos no sexuales, es decir, tocándose gentilmente mutuamente de modo amoroso, quizá, por ejemplo, por medio de un suave masaje en la espalda, que siempre es muy popular, es una buena manera de reducir o liberar inhibiciones y vergüenza sobre estar más cerca sexualmente. Durante este período de gentil afecto, quizá podría acariciar sus pechos suavemente - a través de su ropa - pero al trabajar hacia una mayor intimidad asegúrese de respetar cualquier signo que muestre que está incómoda con lo que está haciendo Y DETÉNGASE si lo está.

Seguro que ambos se excitarán durante este tipo de contacto, y eso puede darles una oportunidad para avanzar las cosas. Yo digo "puede" porque aún cuando ella pueda estar excitada, quiero reiterar el punto de que el sexo para la mujer tiene implicaciones diferentes que para el hombre, y la excitación física sola puede no ser suficiente para que una mujer desee el coito - ella también debe sentirse protegida y segura. Usted podría decirle que encuentra tan excitante estar con una mujer hermosa que le gustaría un contacto más íntimo, pero que respetará lo que ella quiera. Su respuesta, tanto verbal como físicamente, le mostrará si ella quiere contacto más íntimo. Si lo hace, ¡no tiene que encontrar solo su camino! Simplemente pregúntele que desearía hacer ella - pero hágalo suave y tranquilamente, de un modo amoroso. Asegúrese de que se siente respetada todo el tiempo, porque lo que le está dando potencialmente es la cosa más preciosa que tiene: piense en el significado del coito para una mujer - es literalmente una aceptación de usted dentro de su cuerpo - no un regalo a ser tomado a la ligera por el hombre...

La primera vez, hay a menudo mucha presión para ir por todo, pero pienso que es mucho mejor trabajar hacia el coito sexual total a través de la masturbación mutua. Ella puede hacerlo acabar con la mano, o aún con la boca, aunque si ella lo está deseando pero es tímida, puede tener que preguntarle (piense en cómo preguntarle de una manera que sea respetuosa por ella.) Usted puede darle placer con la mano o la boca - dar el sexo oral a una mujer es una experiencia muy, muy excitante para la mayoría de los hombres, porque el aroma y sabor de ese contacto sexual tan íntimo con una mujer son en realidad muy excitantes. Además, cuando llegue a poner su pene dentro de ella, puede ser más fácil si ha pasado un poco de tiempo jugando con su vagina y vulva de antemano, así que realmente sabe dónde poner su pene - bueno, no se ría, ¡necesita saber adónde va! Para ayudar a esto, algo que muchas parejas gustan hacer en una etapa muy temprana del juego sexual es que el hombre introduzca suavemente un dedo en la vagina de la mujer: esto puede ser excitante para ambos, y puede ayudar a dar al hombre la confianza de que introducir su pene no será difícil (lo cual no lo será si ella está bien lubricada.)

Si usted puede refrenarse, y concentrarse en cambio en el placer de su chica, puede encontrarse que ella está más confiada y que responde más, y que como resultado usted se siente con más control y menos presionado a para actuar, lo cual es bueno porque esa presión para actuar puede hacerlo acabar demasiado rápido - o, menos comúnmente, tener dificultades en acabar.

A esta altura, usted ya debe ser su héroe, y ella estará pensando en usted como en un tipo sensible, cariñoso (espero), pero desde ya está todavía la dificultad de la primera penetración para terminar. Preferentemente, ambos deberían estar desnudos, en intimidad, y excitados, juntos en un ambiente cómodo. No intente la penetración hasta que ella esté lista - pídale que le diga cuándo le gustaría a ella que la penetrara. No se avergüence de esto - tenga en cuenta que es su primera vez, y que le gustaría ser sensible a sus sentimientos. Puede aprender a darse cuenta de estas cosas solo por sí mismo más adelante. ¡En su primera vez tendrá más que suficiente para pensar! Si ella espera que usted sepa todo, y que haga todo el trabajo, y que juzgue cuándo está lista para la penetración, entonces espera demasiado.

Cuando esté lista, ella se sentirá probablemente tan excitada y caliente como usted, pero puede tomarle más tiempo llegar a ese punto, y ella necesitará más contacto físico y besos para llegar allí - a propósito, besar es muy a menudo estimado por una mujer como una de las cosas más conmovedoras y eróticas que un hombre puede hacer por ella, ¡entonces usted podría asegurarse que es un buen besador! Eventualmente, sin embargo, ella estará físicamente excitada (por ejemplo, su vagina estará bien lubricada, así como su pene produce lubricación natural o así llamada "pre-eyaculación" en la forma de mayor o menor cantidad de líquido claro al estar erecto) y también mentalmente lista para el contacto mucho más íntimo del momento en el que usted inserte su pene en su vagina y el acto sexual comience hasta cerca del clímax. No olvide que esta pre-eyaculación de su pene puede contener esperma, y no olvide usar un condón si esa es la manera en que va a asegurarse de que no haya consecuencias indeseables de hacer el amor.

Cuando esté listo para penetrarla, pídale guiar su pene (con o sin condón) dentro de ella. Como dije antes, esto puede ser más fácil si usted ha pasado tiempo jugando suavemente con su vagina y vulva de antemano, de modo que usted sepa realmente dónde poner su pene. Entonces aparece la temida cuestión de las posiciones, tanto para el hombre como para la mujer. La posición del misionero - donde la mujer yace acostada de espaldas, y el hombre se acuesta sobre ella cara a cara - es la más fácil para su primera vez. Encontrará que mover sus caderas para producir el movimiento de su pene hacia adentro y hacia afuera de su vagina es muy instintivo y natural, y será muy agradable y muy posiblemente tan excitante y estimulante que bien puede acabar directamente - esto es muy normal, y no es algo para preocuparse - después de todo, mejorará al tener más experiencia. Es muy improbable que ella vaya a tener un orgasmo por medio del coito la primera vez que lo intente, sin embargo trate de durar antes de eyacular. En esta situación es importante que la mujer reciba su placer, por lo tanto, no la deje insatisfecha (es decir, sin tener un orgasmo.) Usted puede ya sea esperar hasta que esté nuevamente erecto y entonces intentarlo una segunda vez - use otro condón - o si prefiere, podría hacerla acabar manualmente. Si lo hace así, pregúntele cómo le gusta ser tocada de ser necesario, porque un toque directo a su clítoris es muy a menudo doloroso, y es mejor hacerlo indirectamente. Nuevamente, el sexo oral (si ella está feliz con la idea) es una buena forma de ayudar a una mujer a tener un orgasmo, y la mayoría de las mujeres realmente se sienten fantásticas cuando un hombre se lo hace a ellas. Y, si usted puede, permanezca con ella durante la noche y mímela para que se sienta especial; o, si hacen el amor al mediodía ¡no salga corriendo!

USE UN CONDÓN SI ELLA NO TOMA LA PÍLDORA O SI USTED ESTÁ INSEGURO DE LA HISTORIA SEXUAL DEL OTRO!!!

En definitiva, la felicidad de la experiencia dependerá de estar relajados y felices con el otro. Muy probablemente su primera vez será moderadamente exitosa, pero espere eso - no espere mover la tierra - ¡eso vendrá después! Lo más importante es que les guste estar juntos y que no sientan remordimiento, temor o vergüenza sobre la experiencia. Sobre todo, no sea poco sincero (por ejemplo, no le diga que la ama si no lo siente!) Mi palabra final es de advertencia - no lo hagan completo al menos que ambos realmente lo quieran. Sobre todo, no lo hagan por sentirse presionados a hacerlo. Principalmente, disfrútense. Y disfruten del sentido de masculinidad que seguirá inevitablemente a su primera vez. ¡Usted verá qué bueno es ser un hombre!



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Posiciones sexuales
Aquí hays algunas sugerencias para disfrutar del placer de la penetración en las relaciones sexuales. Ya se sabe que la penetración no es la única manera de conseguir placer, pero no cabe duda que proporciona una gran fuente de estímulos eróticos. Aunque el modelo que se ofrece es el de una pareja heterosexual: hombre y mujer. Puede servir de inspiración a otras orientaciones sexuales: Gays y lesbianas.

Existen muchas otras porque, gracias a la experimentación, las parejas pueden encontrar posiciones más avanzadas o inusuales que aporten variedad a su vida sexual.

De estas posiciones básicas se pueden derivar muchísimas otras. Sólo depende de la imaginación y la disposición de la pareja a buscar variación y novedad.



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Cara a cara

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La medusa
Si el hombre está dotado de flexibilidad y resistencia, esta posición tiene una variante muy atractiva para los amantes del balanceo durante el coito. En cuclillas, el hombre recibe a la mujer preparado para quedar realmente extasiado: sus movimientos pueden imitar los de una hamaca, yendo de atrás para adelante con los pies bien apoyados en el piso. De otra manera, él puede quedarse inmóvil y dejar que ella se mueva hasta el final.


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La fusión
Para esta postura, el hombre se sienta echando su cuerpo levemente hacia atrás y apoyando sus manos al costado del cuerpo. Las piernas pueden estirarse o flexionarse según la comodidad que se disponga y la cabeza puede estar relajada. La mujer, asumiendo el rol activo de la ocasión, pasa sus piernas por encima de su compañero y apoya sus brazos atrás del cuerpo.

La estimulación previa debe ser intensa, ya que durante la penetración esta postura impide el acercamiento manual y el contacto de las bocas. La mujer marca el ritmo o se pacta un encuentro pene-vagina con un movimiento de ambos hacia el centro. De cualquiera de las dos formas, es esencial que el clítoris aproveche los impactos con el cuerpo de él. La mirada tiene un componente fundamental y la palabra puede ser un increíble arma para gozar la fusión por completo.


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El deleite
Ella se arrima al borde de la cama o de una silla. El se arrodilla para dejar su pene a la misma altura que la vagina de ella, que se abre de piernas para recibir el sexo de su compañero y echar su cuerpo para atrás en una sutil relajación. Al mismo tiempo, el cuerpo de él es envuelto por las piernas de ella mientras se ocupa de marcar el ritmo de la penetración.


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La amazona
En este caso, es el hombre quien se relaja y se acuesta boca arriba, con las piernas levemente abiertas y flexionadas hacia su pecho. La erección la espera a ella, que se acomoda en cuclillas amoldándose a la postura adoptada por él. La mujer se "sienta" literalmente en el pene de su compañero. Debe hacerlo lentamente.
Sus muslos impulsarán todo el movimiento que necesita esta postura, donde la penetración se da en sentido arriba-abajo. Sólo apta para espíritus arriesgados y mentes abiertas, "La amazona" es la mujer que cabalga a su hombre de la manera más salvaje y primitiva.


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La posesión
Las piernas se entrelazan en esta postura sensual y placentera, donde la mujer permanece acostada y con las piernas abiertas esperando que su compañero la penetre sentado y tomándola de los hombros para regular el movimiento. El pene entra y sale desviando su movimiento hacia abajo, ya que la altura del vientre de la mujer queda levemente más arriba que la del hombre.


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Sentados

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La hamaca
El hombre está sentado (preferentemente en una superficie dura, no la cama), con las piernas flexionadas y se toma la parte posterior de sus rodillas. De esta manera, recibe a la mujer que se hace penetrar acomodándose en el espacio que queda entre las piernas de él y su tronco. El presiona con las rodillas el cuerpo de su compañera, la atrae hacia el suyo provocando el vaivén de ambos mientras, por ejemplo, le besa los pechos que están a la altura de su rostro. Una sensación única que recuerda el tierno ir y venir de las hamacas de la infancia.


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El trapecio
El hombre se sienta con las piernas abiertas y su compañera (ya penetrada) arriba de él. Tomándola de las muñecas, ella se va relajando hacia atrás hasta caer por completo: debe estar súper relajada y entregada a la fuerza de su compañero que la atrae a su cuerpo con sus brazos provocando la embestida necesaria para el coito.

Es una postura complicada ya que requiere la liviandad de la mujer, bastante equilibrio de ambos y la fuerza y habilidad del hombre. Ideal para cambiar la rutina y probar nuevas emociones...


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La doma
El hombre cómodamente sentado recibe a su compañera que se encaja a su cuerpo sentándose también sobre la erección de él. La mujer puede hacerse desear tomando el pene con la mano y posándolo sobre su vagina haciendo movimientos suaves sobre ella, pero sin introducirlo. El hombre puede imponer su voluntad presionando a la mujer hacia su miembro lentamente, mirándola a los ojos.

La pasión del abrazo, los juegos de lengua y las espaldas de ambos al alcance de la mano para causar escalofríos en el otro son algunas de sus bondades. La doma puede ser un camino hacia un orgasmo intenso e inolvidable.


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La butaca
Recostado sobre una almohada o almohadón confortable, el hombre se sienta con las piernas flexionadas y un poco abiertas. Esta posición permite la postura que consiste en que ella se siente cómodamente en el espacio que él forma con su cuerpo. Con la ayuda de sus manos, el hombre acomoda a su compañera en su erección, controlando ambos el ritmo y la intensidad de la penetración.

Las piernas de ella se apoyan suavemente en los hombros del hombre, quien tiene su cabeza atrapada y envuelta en los muslos de su compañera. El hombre puede tocar el clítoris de ella al tiempo que la sostiene de la cintura con fuerza. La dificultad que reside en acercar los rostros y lo osado de la propuesta, convierten a "La butaca" en una postura diferente y extremadamente sensual.


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De pie

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La carretilla
Al borde de la cama y con los antebrazos apoyados, la mujer se dispone a ser "levantada" de las piernas por el hombre, quien de pie detrás de ella, la penetra sosteniéndola de los muslos. El estímulo y el placer se concentran en los genitales de ambos, pero es el hombre quien lleva el ritmo atrayendo el cuerpo de ella hacia el suyo.

La variedad de movimientos y sensaciones que permite la postura es asombrosa: circulares, ascendentes y descendentes, con las piernas de ella más cerradas o bien abiertas...


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La sorpresa
Esta postura es ideal para los amantes del sexo más salvaje y primitivo. El hombre, de pie, toma a la mujer por detrás y la penetra tomándola de la cintura. Ella, relaja todo su cuerpo conforme la gravedad hasta apoyar sus manos en el piso. El hombre "sorprende" a la mujer por detrás y marca la cadencia del coito. Para ella, el placer se concentra en el ángulo de abertura de la vagina que, al ser limitado, provoca una sensación de estrechez muy placentera para muchas mujeres.

Para él, la sensación más poderosa se expande desde el glande, que entra y sale de la abertura vaginal a su antojo y acaricia el clítoris en las salidas más audaces. Además, el campo visual del hombre abarca el ano, los glúteos y la espalda, zonas altamente erógenas para muchos. La dominación que él ejerce y la relajación total de ella pueden favorecer el jugueteo del hombre con el ano de ella: introducir un dedo durante el coito puede ser enormemente excitante.


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El abrazo total
La pareja está de pie, desnuda y enfrentada. Ella trepa a su compañero por los hombros y abraza su cuerpo con las piernas. El toma a la mujer de los glúteos y la atrae a su cuerpo para penetrarla. El abrazo total es parte de un sexo pasional y creativo, donde el contacto corporal es muy completo. El ritmo del coito puede ser de dos maneras: de arriba hacia abajo o de atrás para adelante, dependiendo de la intensidad de placer que ambos experimenten con cada opción.





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Ella encima

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El sometido
El hombre se acuesta cómodamente entregando su placer a la voluntad de su compañera. Aprovechar este juego de sometimiento masculino puede ser un estimulante total para ambos: el encuentro puede empezar con caricias y besos de ella a él, que permanece siempre en la misma posición, para terminar en la penetración profunda que permite la posición, donde ella se coloca de espaldas y controla los movimientos ayudándose de los brazos.

Muy erótico para el hombre resulta que ella asome su rostro por sobre su hombro. Además, el hombre tiene un fácil acceso al ano y los glúteos de su compañera, quien puede disminuir la velocidad de los movimientos para disfrutar del estímulo anal o de que su pareja toque sus pechos.


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Variante de: Cara a cara
Esta postura clásica también se realiza con la mujer en la posición dominante, lo que resulta muy excitante para muchos ya que modifica sustancialmente lo tradicional en la "Cara a cara" que es el hombre sobre la mujer. De esta forma ella puede frotar su clítoris en el vientre de su compañero con más facilidad y según su antojo.

Es ideal para las mujeres a las que les cuesta llegar al orgasmo y necesitan una estimulación muy directa del clítoris y los labios vaginales. Además el hombre puede tocar impunemente los glúteos de su compañera, meter sus dedos en el ano de ella y atraerla hacia su cuerpo con fuerza tomándola de las nalgas.


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Variante de: El sometido
Otra forma de probar esta postura es que la mujer extienda su cuerpo hacia atrás, apoye sus brazos en los de su compañero y extienda sus piernas hacia adelante. De esta manera, el hombre podrá llegar a sus pechos con facilidad y la mujer podrá apoyar sus glúteos en el vientre de su compañero y realizar movimientos circulares.

El pene no puede penetrar tanto en la vagina, lo cual puede ser sumamente excitante para ambos.


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Variante de: La fusión
Si el hombre se relaja y apoya todo su cuerpo y la mujer se incorpora levemente, la fusión adquiere una variante donde la penetración es más profunda. El ritmo lo sigue llevando ella y el movimiento que sale con más facilidad es el arriba-abajo que la mujer debe realizar sobre su compañero.

Las manos de ella pueden tocar el pecho de él o tomar su pene como si lo masturbara para aumentar el placer de ambos.


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Él encima

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El arco
Variante del "Cara a cara", el arco es una posición que, a través de una pequeña variante, modifica las sensaciones al extremo. La mujer permanece acostada boca arriba con las piernas abiertas y flexionadas, apoyando sus brazos detrás de los hombros. Cuando su compañero esté listo para penetrarla, eleva sus caderas y se posa sobre las piernas flexionadas del compañero.

El placer que ella recibe se centra en la penetración profunda y en la particularidad de sentir toda la zona vaginal y abdominal envuelta de la piel del hombre. El cansancio que se experimenta al mantener la posición se ve recompensado con la potencia del orgasmo que puede provocar.


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Las aspas del molino
Boca arriba, la mujer se tiende con las piernas abiertas a recibir a su compañero que, en esta posición, la penetra de frente a las piernas de ella. La diferencia de sensaciones es notable en este tipo de penetración: el clítoris y los labios vaginales están en pleno contacto con la pelvis y los alrededores del pene del compañero y la penetración más accesible es a través de movimientos circulares. El hecho de no poder verse cara a cara le da un encanto especial a la postura. La novedad de las caricias sorprende gratamente: la mujer puede acariciar las nalgas de su compañero, clavar suavemente sus uñas en la parte posterior a las rodillas, asir los testículos de su compañero. El hombre; chupar los pies de ella, morder sus dedos, acercar su mano a los genitales de ambos que se están fundiendo y tomar su pene para penetrarla mejor.


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La profunda
Esta es una posición de penetración total, de allí su nombre. Con las piernas elevadas y abiertas, ella aguarda a que su compañero introduzca el pene en su vagina para calzar sus piernas en los hombros de él, que apoyará sus manos para regular el movimiento.

A muchas mujeres puede parecerles complicada, incómoda o dolorosa la visualización de esta postura, pero vale la pena probarla porque ofrece la penetración absoluta y un contacto genital único: los testículos se posan suavemente entre los glúteos y el clítoris se encuentra presionado por la abertura de las piernas. La dificultad para besarse y la distancia de los rostros pueden ser ampliamente excitantes para ambos.


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La catapulta
Elevar las caderas, en el caso de las mujeres, es una valiosa fuente de placer, ya que pone en contacto con el cuerpo del hombre áreas de su cuerpo que, en posiciones más tradicionales, no se tocan. En este caso, el hombre se arrodilla y recibe la vagina de su compañera dejando que ella apoye los glúteos en sus muslos. La mujer puede extender sus piernas en el torso del varón o flexionarlas apoyando las plantas de los pies en su pecho.

El hombre tiene fácil llegada al clítoris, por lo que puede estimular la zona con las manos y mirar la vagina en primer plano. El ritmo lo marcan juntos, acorde al deseo de ambos y a la flexibilidad de la mujer.


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El espejo de placer
Ella se acuesta de espaldas, boca arriba. Levanta sus piernas y deja que él las sostenga arrodillado al final de su cuerpo y apoyando el otro brazo en el piso. El hombre penetra, domina y posee el control. La postura permite variar el sentido de la penetración y la apertura de las piernas. Los rostros no pueden acercarse y las manos poco pueden hacer en esta posición, lo cual genera una ansiedad sumamente excitante: ambos cuerpos corren juntos la carrera para llegar al orgasmo y reflejan en el otro los más variados gestos de placer y lujuria.


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Por detrás

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El furor salvaje
También conocida como "perrito", esta posición es apasionada y salvaje. Ambos en cuatro patas, concentra una cantidad de ventajas que pocas posturas tienen: la comodidad del hombre para tocar el clítoris o el ano de su compañera, la variedad de movimientos que permite, la posibilidad de que la mujer tome con una mano los testículos del hombre y la facilidad para intercalar sexo anal y vaginal.

Además, la posición permite al pene "atraparse" entre los glúteos, lo cual suele ser muy excitante para el hombre. En pocas palabras, el encuentro sexual que incluye esta postura suele ser salvaje y hacer furor entre sus protagonistas.


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El tornillo
Nada más recomendable para una mujer con dificultades para llegar al orgasmo que las posturas que presionan el clítoris mientras la vagina es penetrada. En "El tornillo" esto se cumple a rajatabla. Ella se acuesta en el borde de la cama y tiende sus piernas flexionadas a un costado de su cuerpo (cada mujer sabrá cuál de los dos lados le resulta más confortable).

Esto permite mantener el clítoris atrapado entre sus mejores aliados para llegar al preciado orgasmo: los labios vaginales. La mujer puede contraer y relajar toda la zona, mientras él la penetra arrodillado frente a ella y tocando sus pechos.


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Variante de: La doma
La mujer también puede "domar" a su potro colocándose de espaldas a él y marcando el ritmo apoyando sus pies en el piso. Él, a su vez, puede tocar sus pechos, besar su cuello y tirar del cabello de su compañera mientras ella se mueve. El ángulo de visión que ofrece esta variante es uno de los más excitantes para el hombre, ya que permite ver en primer plano cada embestida que realiza su compañera.


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De lado

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El molde
Con las piernas juntas y recogidas (para que presionen bien al pene), la mujer se tiende de costado y relaja su cabeza hacia atrás mientras él la penetra, ya sea por la vagina o por el ano (excelente posición para sexo anal) Los movimientos deben ser suaves y coordinados y la penetración lenta y profunda: ambos cuerpos se amoldan como dos piezas perfectas de un rompecabezas... "El molde" es ideal para mujeres que tienen problemas en alcanzar el orgasmo y/o gustan de causar la fricción del clítoris durante el coito: las piernas juntas logran este efecto tan placentero.


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La libélula
Ambos tendidos de costado, en un lugar cómodo y flexible, como la cama. Ella de espaldas a él, los cuerpos amoldados... En un alarde de destreza, la mujer pasa su pierna externa flexionada abriendo la puerta al placer: el hombre la penetra haciendo palanca con la pierna de ella, que se apoya en la cadera de él.

La penetración llega hasta la mitad del camino, por lo que el goce viene de la mano del deseo de que se haga profunda y estalle en el orgasmo más excitante...


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La somnolienta
La mujer se tiende de costado y el hombre se ubica en su espalda para penetrarla. Ella estira una pierna hacia atrás y la enrosca en la cintura de él. Ideal para hombres dotados y mujeres flexibles, "la somnolienta" cumple varios anhelos de las mentes fantasiosas: en primer lugar, que ella esté de espaldas a él, y al mismo tiempo acceda a su rostro y cuello.

Además, que él tenga cómodo acceso al clítoris y los pechos de su compañera. La apertura de la pierna posterior de ella para recibir al pene y el abrazo de esa misma pierna alrededor del compañero es quizás lo más sexy de esta postura.


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El coito
Pienso que hacer el amor, tener sexo, o como quiera llamarlo, es uno de los placeres más grandes que hay. Y me gusta lo que implica la expresión "hacer el amor", en la que un pene dentro de una vagina es en realidad sólo una parte de un proceso mayor que puede ser satisfactorio en todas sus etapas. El contacto físico, incluyendo los besos, los masajes, el contacto visual, el uso de los sentidos de la vista y del olfato, y escuchar emocionadamente a su pareja son todas partes vitales del proceso de obtener y dar satisfacción.



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Cunnilingus y fellatio
La mayoría de los hombres saben exactamente qué placentero es recibir el sexo oral, pero parece haber más rechazo de parte de las mujeres en dar el sexo oral que a recibirlo. Por lo tanto aunque los hombres gay no tienen problema en persuadir a sus parejas a realizar el fellatio (porque la mayoría de los hombres saben qué placentero puede ser, es un asunto de dar y recibir), algunos heterosexuales lo harán. Así, ¿qué debe hacerse? Muchos de los sitios web sobre el tema no están escritos de manera agradable para la mujer, y podrían ser fácilmente desechados más que estimulantes si usted fuera a presentárselos a una pareja renuente. Pienso que la clave es que si una mujer es renuente a realizar el acto cuando usted quiere que lo haga, nada más que una gentil persuasión podría florecer en un gran tema de relación. Al fin, usted podría considerar qué es lo más importante para usted. Y amigos, tengamos un poco de sensibilidad sobre el asunto de tragar/escupir. El semen podría no saber tan lindo como usted se imagina - puede absorber el sabor de lo que ha comido recientemente, especialmente especias, y raramente, cerveza. Lo peor de todo, así me dijeron, son los espárragos. Hmm... a veces he servido eso como parte de una cena romántica... quizá nunca más, sin embargo.

Desde ya si usted no puede lograr que lo haga, es una frustración, y puede indicar algunos prejuicios sexuales bastante profundos, como, quizá, que el sexo es sucio, y que las chicas buenas no van por ese tipo de cosas. (¡Le sugiero que no se lo diga!) Quizá su actitud cambiaría si se tomara algún tiempo dándole placer oralmente. Si aún esto no funciona, o si ella no quiere que usted lo haga, entonces tiene mi simpatía. La cosa más triste de todas es que el cunnilingus (el uso de la lengua, labios y boca de la pareja sobre los órganos sexuales de la mujer - una idea excitante, pero una palabra horrible) parece ser una manera en la cual aún mujeres que tienen dificultad en tener el orgasmo pueden conducir para llegar a ellos fácilmente.

Todavía somos impulsados a un nivel profundo por nuestra ascendencia ancestral, y aún cuando comprendo que para algunos varones los aspectos "animales" del sexo pueden ser un poco dejados de lado (la dignidad humana y todo eso, usted sabe), quizá necesitemos permitirnos reaccionar a nuestros respuestas básicas a las vistas y olores naturalmente estimulantes de las regiones íntimas de una pareja. Si el aroma y gusto le molestan a usted, entonces ¿por qué no incluir un baño tibio y sesiones de masaje en sus relaciones? Y obviamente este asunto les atañe a ambas partes, porque los hombres a veces necesitan asegurar que su higiene sea la correcta.

La mejor manera de averiguar cómo dar placer oral a una mujer es escuchar lo que quiere su pareja. Un punto final - hay un pequeño número de hombres que encuentran a la idea de dar placer oralmente a sus parejas incómoda. Entonces pruebe esta imagen: en el arte chino antiguo, los genitales de la mujer son a menudo pintados como una flor peonía. Y si toma una bocanada de peonía, su rostro se sumerge en una vasta multitud de pétalos rosados. ¡Delicioso!



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